José Zepeda / Radio Nederland
Este texto es fruto de una conversación con *Cees Hamelink en su oficina de la Universidad de Ámsterdam, una mañana de septiembre, mientras la llovizna mojaba a todo Dios. El académico es un conversador nato, ágil en el análisis, pícaro en la respuesta, riguroso en sus convicciones. Con Cees uno nunca se aburre porque tiene ese don de cautivar al interlocutor, de despertarle inquietudes, de provocarle reflexiones. En síntesis, un buen profesor que conoce bien la diferencia entre educar e instruir. Él educa.
Para Hamelink la premisa es sólo una: la democratización de los medios de comunicación. Así se entiende mejor que sea el promotor de la Carta de la Comunicación de los Pueblos que busca, entre otros objetivos, la creación de instituciones independientes que defiendan el derecho de los pueblos a comunicarse en su propia lengua, y con respeto a la diversidad cultural. El reconocimiento del derecho a comunicarse, cree Hamelink, es esencial si se quiere que la gobernabilidad global de las ‘sociedades de la comunicación’ estén inspiradas en la preocupación por los derechos humanos.
Naturaleza humana y conflicto
Comencemos con un somero panorama acerca del papel que desempeñan los medios de comunicación en los conflictos, ya que las opiniones están divididas. Hay quienes dicen que se trata de un rol muy importante y hay otros que aseguran que su incidencia es limitada. Para Hamelink hay que enfatizar dos aspectos centrales. Si observamos los grandes conflictos, los medios en general, y especialmente los de fuerte presencia internacional son, de hecho, las únicas fuentes de información. Nuestro mundo no se ha hecho muy pequeño, como dice mucha gente, sino que ha ido creciendo. Vivimos el ensanchamiento con el aumento paralelo de conflictos. Como ciudadanos, tenemos cada vez más limitaciones para acceder a lo que realmente sucede en otras partes de la tierra. La única manera de conocer ciertos pormenores de lo que ocurre en Iraq, Afganistán o América Latina, son los medios. Significa que para saber lo que ocurre en Bolivia o Colombia, los ciudadanos dependen totalmente de los medios. Esta “mediodependencia” no tiene necesariamente
su correlato de influencia en la prevención y resolución de conflictos. Puede ser incluso al contrario, si los medios son parciales, si incitan al odio que lleva al genocidio, como ocurrió en Ruanda, alcanzan a ser factores muy importantes en el recrudecimiento de los enfrentamientos. De ahí que la neutralidad informativa sea una actitud recomendable.
Si hay algo en este terreno que no debemos olvidar es que los conflictos son parte de la vida. Se habla mucho de “prevención de conflictos”, “Conflict prevention”, es pura aporía. No se pueden evitar los conflictos ni debe ser nuestra voluntad hacerlo. En una sociedad democrática, la gente tiene diferencias, es consustancial a la vida, y por ello nada dramático. El problema surge cuando esos conflictos escalan y se convierten en violencia mortal. Lo básico es estudiar si los medios pueden desempeñar un papel en la reducción de los enfrentamientos para evitar que la polarización desemboque en el asesinato.
El dilema mayor para la prensa es si su accionar los conduce a tomar partido. Siempre aparecen por lo menos dos caras en una situación crítica, hutus, tutsis; pro, anti, etc. Si los medios de comunicación se suman a una de las partes en pugna, se hacen partícipes de la escalada del enfrentamiento. La situación ideal sería que, en tiempos de conflictos, los medios fueran el “tercer actor”, que se abstiene de inclinaciones, que escucha tanto a unos como a otros, y que informa con rigor. Pero eso ocurre en contadas ocasiones.
Hamelink trae a colación, para ilustrar su argumentación, el curioso conflicto de Margaret Thatcher, que hace años encabezó la guerra contra Argentina, por las Islas Malvinas. En ese caso se demostró que en una de las emisoras más importantes y más profesionales del mundo, la BBC, el patriotismo de los periodistas pudo más que su profesionalismo. La BBC tomó parte en esa guerra y, por eso, cometió errores. Ponerse de un lado es siempre una decisión escabrosa. El oficio de los informadores públicos conlleva inherentemente la profesionalidad e imparcialidad. Es una actitud difícil de alcanzar. Si el país propio está en guerra, es prácticamente imposible ser más profesionales que patriotas. Pero, el buen profesional hace esfuerzos para tomar esa distancia, para cumplir a cabalidad su tarea más importante: informar a los ciudadanos. Naturalmente partimos del supuesto de que se actúa dentro de una democracia.
No hay muchos profesionales como estos en el mundo, pero hay algunos. En una sociedad libre se trata de que la gente participe en la toma de decisiones sobre el destino de la nación. Los ciudadanos holandeses por ejemplo tienen que ser consultados sobre la presencia de Holanda en la guerra en Iraq o en Afganistán. Y para poder participar hay que estar bien informado.
Después de los atentados del 11 de septiembre hubo algunas, muy pocas, voces críticas en los Estados Unidos, y fueron calificadas inmediatamente de expresiones traidoras. En la práctica se redujo a cero la protesta, porque las autoridades consideraron que la disidencia no era válida en esta guerra contra el terrorismo. Y se ha visto lo peligroso que es esta suerte de ceguera patriótica.
La población estadounidense, como consecuencia de la propaganda, como resultado de esa actitud de tachar de antipatriótica, de traidora a cualquier persona que dudaba de la postura oficial del Gobierno cerró los ojos, y al abrirlos se enfrentó con la realidad cruel, distinta a la que le habían pintado en colores televisivos. Alguien como Noam Chomsky, un buen amigo y colega de Hamelink, que muchas veces se ha expresado críticamente sobre los motivos
de Estados Unidos para invadir Iraq, ha sido atacado frecuentemente, y tachado de traidor a la patria: eso pone en evidencia que, sobre todo en el periodismo, uno tiene que tener mucho valor moral. Muchas veces se habla de la profesionalidad, la integridad periodística, pero lo más importante es el valor moral. La entereza para decir las cosas que se tienen que decir. A lo mejor el meollo es “speaking truth to power” es decir: estar dispuesto a buscar la verdad, incluso si esa verdad no le agrada a los que están en el poder.
Los medios prestan demasiada atención a los sucesos más que a los procesos. Esa forma de periodismo es más sencilla. Es mas fácil hablar de resultadosfinales. Hamelink se apasiona al referirse a la discriminación periodística.Medios que informan profusamente sobre la guerra, sobre conflictos armados, pero, ¿cuántas veces informan sobre la paz? Los periodistas aducen que deben optar por lo singular, pero contemplando la historia del mundo, la paz es algo mucho más extraordinario que la conflagración. Desde la Segunda Guerra Mundial, hubo solamente treinta días sin conflicto armado en el mundo. Esa es la noticia. Hay periodistas y periodismo de guerra, pero lo que se necesita son periodistas y periodismo de paz. Si existe alguna parte donde no se mata, a pesar de los problemas, a pesar de injusticias y exclusiones, esa sí es noticia.
La filósofa Maria Zambrano habla del “silencio opaco”, cuántas veces las tragedias
no han quedado en el olvido porque no alcanzaron los titulares de los periódicos, las pantallas de la televisión, o los micrófonos de la radio. El periodista siempre elige, decide por cuenta propia o por osmosis qué tendrá trascendencia y qué está condenado a pasar inadvertido. Cees también se ha dedicado al periodismo y se acuerda de aquellos días en que también él dejaba de dar atención a ciertos temas. Como el caso de un conflicto en alguna parte del mundo pero para el que no había dinero como cubrirlo; o una hambruna en el norte de Brasil, que se quedó sin prensa porque no hubo plata para el viaje. Pero sí se puede viajar en un avión de la Cruz Roja a Etiopía. Entonces se cubre la hambruna de los etíopes. Es lo que nuestro entrevistado llama el periodismo de la Cruz Roja.
Otro detalle decisivo es que los periodistas son gente común y corriente. A ellos no les gusta escucharlo, pero es así. Los periodistas responden a los mismos parámetros que el resto de los mortales: los hay que son muy estúpidos, los hay muy inteligentes, los hay que trabajan mucho y hay quienes son muy perezosos. Las categorías humanas, los recursos económicos serán elementos que influyen a la hora de tomar decisiones. Por eso en periodismo se hace a veces lo que es más fácil. Si hay bonitas imágenes del conflicto en un país, y no hay mágenes del conflicto en otro, en la televisión aparece el conflicto del país con imágenes y el segundo es como si no existiese, como si se lo hubiera tragado la tierra.
Historias sin pasado
Para Hamelink hay otro problema más grave que la decisión de prestar atención a un determinado conflicto, que al final de cuentas es una opción arbitraria. Normalmente detrás de ella no hay grandes conspiraciones, ni complot internacional. Salvo el caso, naturalmente, de premeditaciones estratégicas de poderes políticos o económicos que manejan o actúan en connivencia, desde la punta de la pirámide, preferentemente con los medios de comunicación internacionales. Pero, una vez que se decida informar sobre determinado conflicto, hay que ofrecer el contexto respectivo. Una de las grandes limitaciones del periodismo actual es que de repente se sabe de una crisis, surge de la nada y con la misma facilidad desaparece. Es como si diéramos por válida la ausencia misma del proceso. Sin embargo, los conflictos siempre tienen una historia. Lo que está ocurriendo en Iraq data de la antigua Mesopotamia.
Se tiene que saber algo del pasado para entender por qué las cosas andan mal, y por qué todas esas comunidades o pueblos están en conflicto. Cuando se habla de contexto, uno tiene que preguntarse hacia dónde se encamina la realidad. Citemos una circunstancia: gran hambruna en Etiopía. Mueren cientos de miles de personas. Se informa sobre la crisis alimentaria y después nada. Un año más tarde la gente se pregunta: qué pasó con esa población ¿Cómo es la situación ahora? ¿Terminó el conflicto? Y no lo sabemos. En resumidas cuentas, muchas noticias sin historicidad, sin conciencia de la historia.
Pareciera que a veces los eventos se convirtieran en “hypes” a los que acuden fugazmente los periodistas. Todo el mundo va a los mismos lugares, dando de este modo forma a un espectáculo ridículo. Allí están, atiborrados de micrófonos y cámaras, para repetir todos lo mismo. En muchos conflictos habría sido suficiente tener un solo corresponsal que informara de los acontecimientos.
Nos habríamos ahorrado mucho dinero enviando a una persona y los demás podrían haber cubierto otros conflictos que clamaban por atención en el mundo. Basta ver que la mayor cantidad de periodistas se encuentra amontonada en Washington porque allí está el presidente y la Casa Blanca. En el resto hay comparativamente pocos profesionales. Ese hecho distorsiona la realidad, porque en otras partes también ocurren noticias relevantes. El reparto desigual de la capacidad humana es un serio problema. Y decir todos lo mismo, querer todos estar en el mismo lugar, en la misma catástrofe, en la misma tragedia, crea una suerte de circuito de papagayos. Todos repitiendo lo que dice el otro. El ciudadano es la víctima principal de esta situación. En este sentido habría que prestar atención a ese desafecto de los medios de comunicación europeos con América Latina, como si en esa región no pasara nada digno de ser comentado.
Y pasa mucho. Hamelink es un entusiasta con lo que se vive en estos momentos en América Latina. Ciertamente aflora la sonrisa cuando dice que cree que todo tiene que ver con el hecho de que Estados Unidos esté tan ocupado en Iraq. Ojalá, recalca, que Estados Unidos siga de momento ocupado con los musulmanes extremistas en Iraq, porque finalmente los latinoamericanos tienen la oportunidad de desarrollarse. La evolución es interesante: se crean nuevas asociaciones económicas, pero también otras culturales, como Telesur. Los procesos de democratización, los desarrollos progresistas son dignos de consideración, todo gracias a que Estados Unidos no esté involucrándose constantemente. Emerge de este modo fortuito el meollo o la clave de todos los procesos de desarrollo, que la gente tiene que desarrollarse a sí misma, que no hay que dirigirla. Lo que acontece en América Latina es lo suficientemente relevante como para ser un buen modelo para otras partes del mundo. La falta de interés de Europa se debe a que son procesos complicados y a que en estos momentos no hay grandes guerras en América Latina. Si mañana Bolivia y Colombia entraran en conflicto acudiría un montón de periodistas a la zona. Son procesos económicos y políticos complejos, que requieren de buenos periodistas y se necesita gente que hable español o portugués y entre los periodistas europeos hay pocos. Durante años Holanda tuvo varios buenos periodistas en América Latina, pero muchos de ellos han cambiado de giro y no serán reemplazados, hasta que ocurra una enorme catástrofe y todos los medios se vean en la obligación de acudir nuevamente a la región.
Conflictos, políticos y medios
Esta percepción sería incompleta si no contase con el ingrediente político, ya que los gobiernos aprenden a lidiar con los medios, su inconfesada pretensión es controlarlos, influir en las noticias, lo que consiguen a veces con éxito. Al respecto, uno de los grandes desafíos para el periodismo de hoy es la profesionalización de la comunicación política. En los últimos años los gobiernos han aprendido que hay que tener un buen departamento de relaciones públicas, “spindoctors” de calidad, gente capaz de justificar, de manera astuta, psicológica, las decisiones políticas del gobierno. Ha crecido la conciencia en las autoridades sobre esa necesidad. Para el periodismo se trata de una relación desigual.
En casi todos los países, hay muchos más funcionarios de Relaciones Publicas, Hamelink los suele calificar más de mentirosos profesionales que periodistas profesionales. En términos generales no se miente en el periodismo. No vamos a negar que ocurre, pero en la mayoría de los casos se trabaja profesionalmente. La situación podría ser mucho mejor, pero los verdaderos mentirosos están en el campo de los gobiernos. Para justificar sus políticas, sus guerras, esos regímenes tienen a personas expertas que son capaces de desarrollar técnicas muy refinadas de persuasión. Y los periodistas no siempre tienen la oportunidad de controlar todo, por eso en muchos países simplemente funcionan como portavoces de lo ajeno. El caso es que se les ofrecen imágenes, información que suena bien, y los periodistas se marchan a su medio con el paquete. El Redactor en Jefe es del parecer que hay que utilizar el material y este se publica. Hamelink se pregunta cómo se podría salir de este proceso vicioso, porque, si bien es cierto que el periodismo se ha profesionalizado, los mentirosos están mucho más profesionalizados.
Por eso es una relación desigual. Hablamos de una tendencia que se aprecia sobre todo en conflictos donde los periodistas están acostumbrados a seguir la fórmula tradicional. ¿En qué consiste? En el periodismo se trata de contar una historia que se narra de una determinada manera. Todos los periodistas, sin excepción, han aprendido que el relato debe responder a una serie de preguntas clásicas: qué pasó, donde pasó, cuándo pasó, quien estaba involucrado, y por qué ocurrió. (what, where, when, who, why, las cinco clásicas W. El problema no está en el qué, el dónde o el cuándo, el problema se presenta cuando se intenta responder a la pregunta quien lo ha hecho y por qué. Por ejemplo el 11 de septiembre. Algo pasa en nueva York. Qué: dos aviones entran en un edificio. Dónde: Nueva York. Cuando, 11 de septiembre. Todos esos 98 datos son sencillos. Pero después surge el problema: ¿Quiénes lo han hecho? Es difícil de saber. Y por qué lo han hecho, es incluso más difícil de aprehender.
Los periodistas no tienen respuesta inmediata para esas preguntas. Pero el gobierno, en este caso el gobierno de George Bush, tenía pronta la respuesta: son los musulmanes, miembros de Al Qaeda, y lo hicieron porque odian a Estados Unidos y a Occidente. Entonces para ellos todo estaba completamente claro. En tal caso, como periodista, tienes un problema. Si eres honesto, deberías decir: no lo sabemos. Nadie lo sabía en esas primeras horas, pero los “spindoctors” los mentirosos profesionales, lo supieron inmediatamente. Y para los medios es una enorme tentación aceptar sin más esa historia. Y eso es lo que pasó. Casi todos los medios aceptaron esa historia creada.
Y más adelante el escándalo de las armas de destrucción masiva en Iraq, ideada por los mentirosos profesionales. La gran preocupación no es que los propios periodistas distorsionen conscientemente la verdad, que mientan, sino que no sean capaces de resistir, que no tengan recursos para enfrentar a todos esos mentirosos de la política. En el caso del 11 de septiembre se comprobó claramente esa falta de resistencia. Los comunicadores deberían más a menudo tener el valor moral para decir “no lo sabemos”. ¿Qué se puede decir sobre los móviles de los terroristas? ¿Quién habla con los terroristas? ¿Alguna vez escuchamos a los terroristas? Todo lo que se escribe sobre ello es mera especulación.
La mayoría de la gente no conoce ni siquiera sus propios móviles. Pero, los periodistas están bajo presión, tienen que tener la respuesta. Hamelink cree que sería un maravilloso aporte al pensamiento sobre los conflictos si los periodistas dijeran más a menudo: no lo sé.
Tiempo para otro ejemplo concreto
El ex presidente iraquí, Saddam Hussein, fue ejecutado en Bagdad. El noticiero de televisión de Holanda, NOS Journaal, quería que el corresponsal de Oriente Medio informara sobre lo que la gente en Bagdad opinaba de la ejecución de Saddam Hussein. Pero, ese corresponsal estaba en Amman, Jordania, uno se pregunta si los televidentes se dan cuenta de esta alteración geográfica. El personaje está en una calle de Amman con el micrófono y le preguntan, desde Holanda, qué opina la gente de Bagdad de la ejecución de Saddam Hussein. El periodista debería responder que no tiene ni idea. En primer lugar porque está en Amman (Jordania) y en segundo lugar, porque aunque estuviera en Bagdad, difícilmente sería capaz de hacer un sondeo entre la población, para saber a ciencia cierta qué piensa la gente. Pero no dice que no tienen ni idea, porque la redacción de la televisión no quiere que diga eso. Entonces empieza a decir tonterías, que la gente piensa eso y lo otro, todo inventado, todo como producto de una imaginación vivaz. No obstante, la única respuesta debería ser: no lo sé. Sería bonito ver al primer periodista que en un conflicto de este índole tenga el valor moral para decir: no lo sé.
Si la política y los políticos son los primeros actores de un conflicto, los segundos
son las organizaciones no gubernamentales, las famosas ONG’s que tienen una relación peculiar con los medios, muy próxima a de la atracción y el rechazo. Las ONG’s a menudo tienen su propia agenda.
Es un sector interesado que quiere “vender” su historia a los medios. Al mismo tiempo tiene un concepto ambiguo sobre los periodistas. En el curso de los años, no solamente
los Gobiernos se han profesionalizado en el arte de mentir, los ONG’s también han aprendido cada vez más a manipular los medios. Cuántas veces no se dice que los medios manipulan a la gente, pero es más bien al revés. En la Universidad de Ámsterdam, se investiga a menudo el efecto negativo de los medios en el público. Hace unos años fue Umberto Eco quien sugirió que se investigara la mala influencia de la gente en los medios. Greenpeace, sin ir más lejos, es una muy buena organización, pero tremendamente manipuladora de los medios. Sabe exactamente cómo tiene que hacer la noticia, cómo ofrecerla un tanto distorsionada, sensacionalista. Y los periodistas se dejan engañar.
En el pasado, en aquellos años de la juventud periodística de Hamelink no existía ese problema, porque en aquel entonces, las ONG’s como Amnistía Internacional, las organizaciones vinculadas a la iglesia, los sindicatos, no tenían ni idea de cómo tratar a los medios. Hoy día todo se ha profesionalizado. La labor del periodista se hace cada vez más difícil. Todas las ONG’s tienen portavoces, que han sido debidamente entrenados. Para Cees la capacitación para el trato con los medios es un desastre. Muchos de sus ex colegas periodistas, cuando necesitan ganar dinero, comienzan a dar cursos para que gente ajena al periodismo aprenda cómo lidiar con los medios. Aquello lo lleva a la polémica porque él opina que estos ex colegas enseñan a sus alumnos a mentir de manera profesional, a engañar al público. Eso no debería ocurrir en una democracia. Para el periodista todo se complica. En el pasado, un político no conocía los trucos. Uno podía hacerle una pregunta difícil, y se sentía incómodo: hoy es imposible, porque todos han estudiado cómo tratar la prensa. Por eso no sería extraño que los seminarios y talleres para aprender a tratar con la prensa resultaran ser al cabo un auténtico peligro para la democracia. Por otra parte generalmente no hay dinero para profesionalizar mejor a los periodistas y ampliar el personal de las redacciones.
Entre los preceptos de la profesionalidad del periodista es tácito el valor de tomar distancia de las ONG’s, aunque parezca que son muy buenas organizaciones, y aunque a lo mejor eres voluntario de Amnistía, a escala profesional se debe tomar distancia y ser cuidadoso. Tan pronto como alguien o una organización quiera algo, hay que desconfiar. La desconfianza es una de las cualidades importantísimas en el periodismo. Precisamente por eso es una profesión muy desagradable. Hamelink siempre advierte de este hecho a la gente joven que quiere ser periodista, porque uno se convierte en una persona poco amistosa, a la que le está vedado, prácticamente, ser amable. Un periodista siempre estropea las fiestas, siempre desconfía y se pregunta si lo que escucha es verdad.
Reacciones y prevenciones
Y el tercer actor son los propios medios. Tres maneras para actuar: reactiva, en la que se reacciona a lo que sucede, es la práctica generalizada. Algo ocurre y se informa; actuación preventiva, infelizmente acontece muy pocas veces; y por último, legitimadora. Acerquémonos a los tres modos partiendo con el último. Muchos medios en el mundo, sobre todo los norteamericanos, el canal de TV del señor Rupert Murdoch, y los demás y los grandes diarios, todos han justificado la invasión en Iraq. Y en cierto modo, los medios de Holanda han hecho lo mismo. Un momento ejemplar ha sido el discurso de Colin Powell ante en Consejo de Seguridad de Naciones Unidas; un discurso que él ahora lamenta profundamente, porque ha mentido, porque los servicios de información le habían dado información equivocada. Durante su intervención afirmó la información sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Iraq. Es una lástima que lo haya hecho, porque Powell era uno de los pocos políticos honestos en el Gobierno de Bush. Él mismo reconoce ahora que lo han utilizado y que él lo ha permitido. El diario más serio de Holanda publicó en primera plana
“Colin Powell descubre nuevos hechos”. Y todos eran falsos.
Y publicaron todo el discurso de Powell. De este modo se justifica la política. Estados Unidos, y Holanda también, necesitaban justificar la invasión a Iraq. Pero esa no es la tarea de los periodistas. Su tarea es cuestionar lo que se dice. La mayoría de los periodistas podía haber sabido en aquel momento que los así llamados hechos del discurso de Colin Powell no eran tales y que en gran parte se trataba de una invención. La misión del periodista nunca puede ser justificar una política. Si incurre en ese error permite que se le utilice. La justificación es tarea de los funcionarios de relaciones públicas. Por eso si los medios participan en ese juego, los ciudadanos están perdidos, porque dependen del saber y la transparencia de los medios.
Ahora, limitarse solamente a reaccionar a los acontecimientos es pobre. A Hamelink le provoca más la segunda tarea, la preventiva. Si bien es cierto que los conflictos no se pueden prevenir desde la perspectiva mediática, el periodista sí puede crear más comprensión si reacciona de forma preventiva o mejor dicho pro-activa. En la historia de la humanidad siempre hubo enfrentamientos y la guerra sea quizás el estado natural del mundo. Como dice Platón: los Estados no subsisten sin conflictos. Y eso tiene todo que ver con el hecho de que los conflictos son sobre temas muy reales. En realidad lo irreal parece ser la Constitución de la Carta de la UNESCO donde está escrito: “Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”. Hamelink cree que ese es un error fundamental. Si la guerra comienza en la mente de la gente, se puede disuadir a la gente de llevar esas guerras, dándoles mejor información en los medios (convencerles de que los tutsis son buena gente, que los judíos son buenos, etc.).
Se trata de un pensamiento muy ingenuo, porque los conflictos tratan de temas muy concretos, como el acceso a los recursos naturales. Ya se puede predecir que en el siglo XXI se originarán muchos conflictos sangrientos por el agua. Los conflictos no solamente surgen porque la gente es emocional y porque tienen ideas equivocadas sobre otros semejantes.
Mientras perdure la pobreza en el mundo, o problemas de desigualdad de acceso a recursos muy importantes, prevalecerán los conflictos, porque esas realidades no solamente están en las mentes de la gente. Naturalmente que es cierto que una parte de los conflictos emerge porque la gente tiene una percepción equivocada de lo que piensan y quieren otros, de la amenaza que constituyen otros. En ese sentido los medios desempeñan a menudo un papel
muy escabroso. Hamelink recuerda lo que pasó durante el Holocausto, lo que hizo la propaganda nazi, lo que pasó en Ruanda, en los Balcanes. En todos esos casos los medios han ayudado a recrudecer el conflicto. A lo mejor la crisis comienza con problemas muy reales, pero seguidamente se produce una distorsión y los medios propagan el odio. Y eso es muy peligroso.
La gente
El último actor, ciertamente el más importante en términos cuantitativos, es el público. En la mayoría de los casos éste se siente meramente espectador, receptor de información. Hamelink tiene una primera gran objeción sobre el tema de la ética de los medios de comunicación – un tema muy presente en la agenda internacional – y es que sólo trata de la gente de los medios. Pero la ética de los medios significa también la responsabilidad de todos los demás involucrados. Los Gobiernos tienen una responsabilidad mediática, y las ONG’s, pero también el ciudadano normal y corriente, el lector del diario, el telespectador, el radioescucha, tienen también una importante responsabilidad moral. Uno puede enojarse por los diarios del Sr. Murdoch y decir que es periodismo sensacionalista, y que hay que hacer algo contra Murdoch, pero de hecho hay que hacer algo contra esos millones de personas que compran esos diarios.
Cuando murió la princesa Diana, todo el mundo culpó a los paparazzi, pero la gente que acusa a los paparazzi, compra las revistas con las fotografías que ellos han tomado y las han hecho porque se venden. Hay un mercado. Millones de personas adoran los diarios del señor Murdoch y las fotografías de los paparazzi, mientras tal situación perdure nada cambiará. La primera responsabilidad es del consumidor de los medios. Ya es hora de que pensemos en eso, que los ciudadanos tienen una responsabilidad propia. Si los medios no funcionan bien, si son unilaterales, el mejor método para cambiarlo es que los ciudadanos digan que se tiene que hacer de otra manera, que quieren ser mejor informados. Que digan: “Vivimos en una democracia, queremos saber realmente lo que pasó”. Se necesita realmente esa presión de consumidores críticos de los medios. Tenemos asociaciones para consumidores para cuando no funciona el televisor, la nevera. Empero no hay asociaciones para obtener información confiable. Sería un gran apoyo para los periodistas críticos.
Habría que hablar de una santa alianza entre consumidores de medios críticos periodistas críticos: esto sólo se podrá alcanzar si se informa a la gente cuando es muy joven, a los niños. La enseñanza sobre los medios es esencial. Y hay que empezar a dársela a los pequeños que ya conviven con Internet y son plantados frente a la televisión en el fin de semana, porque los padres quieren descansar. Nunca son demasiado jóvenes para aprender qué es lo que realmente pasa en el mundo de los medios. ¿Cómo se producen los programas?
¿Cómo se redacta la noticia? ¿Hay que creer lo que dice el presentador del noticiero o hay que cuestionarlo? Es deseable que los niños desde pequeños, comprendan que se hace una selección. Así se podría crear un público crítico y se mejorarían los medios. A fin de cuentas, cada sociedad tiene los medios que se merece. La prensa no se mejora gritando constantemente que los periodistas deben superarse, los periodistas necesitan también un buen público.
Un público bien instruido
Este es un punto fundamental porque apunta al futuro. Opta por un proceso de largo aliento para enseñar a la niñez cómo son por dentro los medios de comunicación.. En realidad podríamos ir mucho más lejos en esta cuestión y no contentarnos con enseñar a los niños sobre cómo funcionan los medios, sino también hay que dejarles que trabajen con los medios. En todo el mundo hay ahora los así llamados “jeugdjournaals”,
noticias para jóvenes”, pero en la mayoría de los casos son programas producidos por gente adulta para niños. ¿No sería mucho mejor que los niños hagan esos programas? Ellos mismos son los que mejor saben lo que es importante para ellos. No hay que subestimar la capacidad de los niños de pensar de manera filosófica. Por eso hay que empezar desde muy joven, en realidad, antes de que vayan al colegio. Porque cuando atienden al colegio, ya “se echan a perder”.
El sistema de enseñanza en casi todo el mundo está dirigido a eliminar a la brevedad posible la creatividad de los niños. La tradición filosófica de Platón es que la inteligencia se mide según las respuestas sagaces que una persona es capaz de dar. Se trata de una forma perniciosa de pensar. Esa tradición ha influido en todo el sistema occidental de enseñanza. Ha permeado la escuela básica como también la universitaria. Se ve también en los concursos en TV – Hamelink opina que deberían ser prohibidos – porque esos concursos sugieren que eres inteligente cuando aciertas en las respuestas. Por fortuna hay otra tradición filosófica que establece que hacer preguntas es un signo de inteligencia. Y los niños pequeños, que todavía no han sido estropeados por la enseñanza, hacen preguntas. Preguntas muy críticas. En África del sur, a través de la radio, se puede escuchar cuando los niños hacen consultas a políticos. Los políticos se ponen mucho más nerviosos con esas preguntas que con las que formulan periodistas adultos. Los niños preguntan todo, quieren saberlo todo, es fantástico. Los adultos pueden aprender mucho de esa curiosidad. Además, hay experiencias con programas que son producidos por niños, en donde son los pequeños lo que tienen sus reuniones de redacción para decidir los temas. Es muy importante, porque así comprenden que la selección es parte del proceso de producción. De este modo aprenden que cuando ven las noticias de televisión, no es toda la realidad, que se ha hecho una selección. Cuando uno ha experimentado de niño estas cosas en la práctica, más adelante será mejor consumidor y usuario de medios, por eso hay que empezar cuanto antes.
Lo ocurrido y lo inventado
Se ha tocado aquí un punto sensible, el de la relación que existe entre verdad y ficción. La frontera, en medios como la televisión, se hace por momentos difusa, lo que complica establecer los límites. La simulación adquiere estatus de realidad. Se llega a extremos hasta ahora inimaginados. Hay académicos que reivindican públicamente que el periodismo de hoy tiene derecho a contar historias a las que les basta con que sean verosímiles, vale decir no necesariamente reales. Se trasgrede de este modo la diferencia esencial entre periodismo y literatura. Entre la realidad vivida como tal y la realidad inventada, entre la experiencia y la creación de otra realidad. El enorme riesgo de las imágenes es que la gente puede creer que son puestas en escena, que no son reales, porque ven la misma violencia en otros programas. Pero difícilmente se puede prohibir que la TV emita ficción. Los partidarios de prohibir la prohibición tenemos que ser consecuentes.
Esta actitud insobornable frente a la censura no puede hacernos olvidar que para los niños toda ficción es realidad. San Nicolás, o Papá Noel, o el Viejito Pascuero, existen de verdad. Es abrumador cuando llega el momento de explicar que son personajes inventados.
Por eso, tal vez, exista la pretensión de infantilizar al adulto, para hacerlo más propenso a la credulidad de los medios. En esa enseñanza de los medios de comunicación habría que incluir el capítulo de la diferencia entre realidad y ficción. En este mismo sentido, en los medios, sobre todo en televisión, se lleva desde hace mucho tiempo una discusión sobre si se tiene que mostrar la realidad de la guerra. Hamelink cree que sí hay que exhibirla. Susan Sontag dice en su último libro que al contemplar el dolor de los demás se llega a la conclusión de que hay que mostrar esas terribles imágenes de la guerra. En Holanda se entabló la misma discusión y muchos diarios decidieron, al final, no publicar imágenes crueles, con el argumento de que no debe violentarse ni causársele, innecesariamente, dolor a la gente. Pero es que a lo mejor es preciso causarle ese dolor. Hay que mostrarles el horror. Susan Sontag defiende que tenemos que ser conscientes del dolor que nos causamos mutuamente.
Tenemos que asumir la responsabilidad. Además, no hay que abandonar a las
víctimas. Si se las relega es porque no se las toma en serio. Cuando se muestran esas terribles imágenes hay que recalcar al público que esa y no otra es la realidad.
Concluyendo, el auténtico papel de los medios no es prevenir los conflictos, pero sí evitar su escalada, desempeñar un papel esencial en la reducción de los enfrentamientos. ¿Cómo se hace esto? En primer lugar, no asumiendo una posición de favoritismo por cualquiera de los sectores, ubicándose por encima de las partes, mostrando a la gente que siempre hay dos caras y dos percepciones diferentes, que no se puede hacer una distinción absoluta entre la verdad y la mentira ni entre el bien y el mal. Es muy importante que los medios escuchen a todas las partes, ya que tienden a escuchar solamente a las víctimas de los conflictos, y no a los autores. En muchos casos, los autores también se sienten víctima. Es importante entender de dónde viene ese sentimiento. Otro aspecto fundamental es que, en el proceso de desescalada de conflictos, las partes tendrán que aprender a hablar el uno con el otro. A fin de cuentas el diálogo es la mejor manera para controlar las diferencias. Si la gente no quiere escuchar ni hablar, es señal clara de que el proceso de polarización ha tornado la negociación en algo totalmente inútil. Los medios pueden, si quieren, demostrar que las personas pueden hablarse, por muy difícil que sea la situación, y sobre todo escucharse el uno al otro. Nada más difícil. La mayoría de la gente en los medios prefiere hablar antes que escuchar. Abundan los programas para hablar pero faltan programas para escuchar: es de primera importancia que los medios den el ejemplo, para que la gente compruebe por sí misma lo que pasa cuando se escuchan mutuamente. Los conflictos son parte de la vida. Pero existe una suerte de límite invisible, cuando se sobrepasa ese mojón, hay violencia. Es como en los matrimonios, no pasa nada si la pareja de vez en cuando discute, pero cuando se extralimita ese tope simbólico, las cosas van a peor. En primera instancia en la violencia simbólica o verbal, y más adelante en la violencia física. Eso hay que evitarlo.
En verdad se podría desarrollar un mecanismo para evaluar el papel de los medios en un conflicto antes de que opten por propiciar la violencia o el odio. Desde hace años, Hamelink aboga por la instauración de un Sistema Internacional de Monitoreo, porque la experiencia demuestra que a menudo lo medios desempeñan un papel importante en la fase previa al uso de violencia, en la agitación e incitación. El ejemplo más sobresaliente es Ruanda con la “Radio Televisión Libre de Las Mil Colinas”, que lanzaba llamados a los hutus para matar a los tutsis, inequívoca incitación al genocidio. En el derecho internacional esta actividad es un crimen contra la humanidad. Por ello, en todas las situaciones del mundo en las que ya se pueden apreciar grandes conflictos, (Congo, Costa de Marfil, regiones de la India, Afganistán), que recrudecerán en los años venideros, es aconsejable monitorear a los medios
para establecer si practican propaganda del odio, si su discurso es sedimento para el genocidio. Si se puede elaborar un informe confiable debería ser factible tomar medidas a través de la Corte Internacional de Justicia de la Haya. Disponemos de los medios técnicos para hacerlo y es muy necesario que se impulse el proyecto en el futuro inmediato. Sin duda alguna no se podrá prevenir todos los conflictos, pero es deseable evitar que siempre lleguemos demasiado tarde. Hoy día, cuando intervenimos en un conflicto, ya se han asesinado a 500 mil personas. Eso es inaceptable. Hay que intentar por todos los medios y con los medios intervenir en la fase temprana de los conflictos, apoyar iniciativas en beneficio del periodismo y en señal de respeto por las víctimas potenciales que son, casi siempre, por definición, gente inocente.
Biografía Cees Hamelink
*Cees Hamelink nació en Holanda en 1940. Cursó estudios de ética social, sicología y derecho en la Universidad de Ámsterdam, donde se doctoró con una tesis sobre las perspectivas de la comunicación pública (1975). Ejerció como periodista de radio y televisión en diversos medios holandeses y fue corresponsal en Oriente Próximo, Kenia, y otros países (1965-1970). Director del centro de investigación en comunicación en el Departamento de Estudios de la Federación Mundial Luterana de Ginebra. Asesor del Ministerio de Asuntos Exteriores de los Países Bajos. Supervisor de proyectos externos del Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales (ILET). Su actividad docente, como profesor de comunicación internacional, la inició en el Instituto de Estudios Sociales de La Haya, la que combinó con la enseñanza de comunicación y relaciones internacionales en la Universidad de Ámsterdam.
Desde 1995 es profesor de Ciencia de la Comunicación en la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Ámsterdam, y de medios, religión y cultura en la Universidad Libre de Ámsterdam. Ha sido profesor visitante de la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, y de la City University de Londres. Autor, entre otros, de los siguientes libros, Cultural Autonomy in Global Communications (1983), Finance and Information (1983), The Technology Gamble (1988), The Politics of World Communication (1994), World Communication (1995), The Ethics of Cyberspace (2000) y Human Rights for Communicators (2003). Han sido traducidos al español: La aldea transnacional.
El papel de los trusts en la comunicación mundial, Gustavo Gili, Barcelona, 1981; Hacia una autonomía cultural de las comunicaciones mundiales, Ediciones Paulinas, Buenos Aires, 1983; Finanzas e información, ILET/Nueva Imagen, México, 1984.
Para Hamelink la premisa es sólo una: la democratización de los medios de comunicación. Así se entiende mejor que sea el promotor de la Carta de la Comunicación de los Pueblos que busca, entre otros objetivos, la creación de instituciones independientes que defiendan el derecho de los pueblos a comunicarse en su propia lengua, y con respeto a la diversidad cultural. El reconocimiento del derecho a comunicarse, cree Hamelink, es esencial si se
quiere que la gobernabilidad global de las ‘sociedades de la comunicación’ estén inspiradas en la preocupación por los derechos humanos.