Alertas y criterios sobre la televisión

por Javier Vallarino

En menos de un siglo de posicionamiento la televisión se ha convertido en el principal medio de comunicación en muchos países y en uno de los principales canales de integración social. A pesar de su popularidad, desde sus orígenes este medio ha concentrado numerosas críticas a raíz de los efectos que proyecta en el individuo, los cuales repercuten en ámbitos como la salud y la Educación, y cuyas causales no se han detectado exclusivamente en los contenidos programáticos. En el siglo XXI el dossier científico sobre los efectos de la televisión es abundante y de carácter concluyente; sin embargo, muchos de estos registros no son de conocimiento público. El desconocimiento de esta información por parte de la ciudadanía es uno de los hechos que explica el aumento sostenido en los niveles de consumo televisivo, que en algunos países han llegado a niveles exorbitantes. Éstas y otras realidades en torno a la televisión invitan a una re-visión sobre ella, sobre los silencios que la envuelven y sobre sus efectos en la sociedad.

I)   La TV en el centro: escaso debate sobre una nueva realidad

Diversos organismos han declarado a la televisión como el principal medio de comunicación en Occidente. A fines del siglo pasado se calculaba que cerca del 60% de la población mundial tenía acceso a la televisión. Actualmente en regiones como Europa y Norteamérica el número de televisores casi coincide plenamente con el número de hogares; en el resto del mundo se avanza también hacia esta conectividad, lo que faculta a este medio como uno de los principales referentes de integración de la Sociedad Mundo actual.

El avance de la televisión en el mundo ha sido orientado por los países líderes en desarrollo tecnológico. En la década de 20’ surge en Gran Bretaña el primer modelo técnico de televisión denominado televisión mecánica, atribuido al científico escocés John Baird quien, en 1929, comienza con trasmisiones experimentales en colaboración con British Broadcasting Corporations (BBC) de Londres. La televisión electrónica, que se emplearía finalmente en el mundo, fue creada en EE.UU. en base al principio técnico del inoscopio (un instrumento capaz de reproducir imágenes en señales electrónicas), creado por el científico ruso-norteamericano Vladimir Zworykin trabajando para Radio Corporations of América (RCA). Luego de un breve periodo experimental, caracterizado por disputas entre la adopción de los modelos televisivos y los estándares técnicos de transmisión, hacia 1939 las principales potencias contaban con transmisiones regulares de televisión en sus principales ciudades: Londres, Berlín, París, Moscú y Nueva York (Ministerio de Educación y Ciencia, España. “Historia Mundial de la Televisión”, 2007). 

La primera transmisión internacional de televisión fue emitida por el gobierno alemán de Adolf Hitler y corresponde a su discurso pronunciado durante la inauguración de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Las nuevas influencias dejadas tras el fin de la Segunda Guerra Mundial estructurarían redes internacionales de televisión, encargadas de difundir información y programación a las distintas regiones del planeta. Con el fin de la Guerra Fría, a fines de la década de los 80’, Estados Unidos reafirmó su liderazgo de influencia a través de este medio. En la actualidad este país concentra la mayor industria de cine y televisión y ejerce un predominio de sus productos audiovisuales en el mercado global.

Por su protagonismo en la denominada Revolución de las Comunicaciones, iniciada durante el siglo XX, la televisión es para muchos un ícono social de la modernidad y la post modernidad. Las últimas generaciones se han visto profundamente marcadas por este medio, que tras casi un siglo de posicionamiento se ha convertido en el principal ente comunicador.

 

La implementación de nuevas tecnologías de comunicación, sin embargo, ha generado un exiguo debate en proporción a sus implicancias en las últimas transformaciones mundiales. Una de las visiones más difundidas sobre esta revolución fue la del sociólogo canadiense Marshall McLuhan, quien, en la década del setenta, se refirió a estos cambios como un presagio de la nueva “aldea global”. Autor de varias publicaciones sobre la materia, este teórico, o profeta de las comunicaciones como lo han llamado algunos, definió a los medios como una “ampliación de nosotros mismos”. Según el autor: “Esto quiere decir, simplemente, que las consecuencias personales y sociales de cualquier medio (es decir, de cualquier prolongación de nosotros mismos) resultan de la nueva escala que se introduce en nuestros asuntos, debido a cada prolongación de nuestro propio ser o debido a cada nueva técnica”. Con estas palabras McLuhan explicaba su concepción de media (medio) en un debate satelital con su homólogo profesional, el británico Denis McQuail. Este último hacía uso del debate para distinguir ciertas cualidades del mensaje transmitido por los medios. Al respecto señaló: “… el mensaje no es único […] sino con frecuencia <<manufacturado>>, estandarizado y siempre de alguna manera <<múltiple>>. También es un producto de trabajo y una mercancía […] La relación entre el emisor y el receptor es unidireccional y rara vez recíproca, necesariamente impersonal y quizá, con frecuencia, <<no moral>> y calculada…” (Arribas; Et al, 2000).

Entre la herencia del pensamiento de McLuhan se encuentra  su máxima “El Medio es el Mensaje”. A través de ella explicaba que los medios no sólo vehiculizan un determinado mensaje, sino también modifican las relaciones que el individuo establece con otros ámbitos de la realidad, como la cotidianidad, la política o la economía. Por ello los medios son el mensaje. E incluso el masaje, señaló, por el frotamiento continuo a que pueden ser expuestos los cerebros, modelándolos y deformándolos.

 

Para el común de la sociedad actual la discusión acerca de los medios de comunicación no despierta gran interés, a pesar de que éstos constituyen un pilar en la vida cotidiana. La televisión pareciera estar en el centro de esta realidad, pues, en ausencia de una discusión oficial –abierta a la ciudadanía- sobre su administración y usos, se ha convertido en el principal medio de comunicación en muchos países del orbe. Para la ciudadanía la actividad televisiva es escasamente cuestionada; por el contrario, instituciones profesionales relacionadas con este medio, como asociaciones, organismos de gobierno o las mismas facultades académicas de comunicación –capaces de albergar una dialéctica activa respecto de los temas contingentes de la sociedad- tienden a generar un análisis positivo sobre las propiedades y el rol social de este medio. En algunos casos se destaca la necesidad de elevar la calidad de sus contenidos.

 

Las voces críticas hacia la televisión han existido desde temprano. Si bien no son escasas en número, carecen de amplia difusión. Un ejemplo lo constituyen las comunidades indígenas que, a través de este medio, ven amenazados sus sistemas de vida e identidades culturales. Al interior del modelo social también existe una opinión crítica por parte de algunos círculos profesionales, intelectuales y artísticos; sin embargo, similar al caso de las culturas originarias, esta crítica no alcanza a tener una cobertura significativa al interior de los grandes medios. Los medios independientes (de los grandes consorcios comunicacionales y periodísticos), por su parte, capaces de albergar una mirada alternativa sobre la televisión, tienden a disminuir su injerencia, e incluso a desaparecer, a causa de diversos factores, como nuevos comportamientos culturales o la concentración económica de los propios medios en menos agentes. Adicionalmente, esta carencia de una voz alternativa hacia este medio ocurre en un contexto donde las grandes mayorías son captadas, cada vez en mayor número, por la televisión, que por intereses comprometidos no permite una mirada crítica sobre sí misma.

 

En la actualidad la televisión es un medio hegemónico, y se caracteriza por incentivar un crecimiento sostenido en su acceso y consumo. Junto con penetrar en casi la totalidad de los hogares la presencia de televisores se ha extendido simultáneamente hacia espacios públicos. Colegios, sala-cunas, transportes, terminales, restaurantes y centros comerciales, entre otros, pueden contar hoy en día con televisión. Esta cobertura también ha sido promovida por los avances de la tecnología; la industria automotriz, por ejemplo, ha presentado al mercado automóviles equipados con pantallas de  televisión; la industria de telefonía móvil, por su parte, ha desarrollado equipos celulares capaces de reproducir la señal de televisión digital.

 

El consumo televisivo es un aspecto clave dentro de esta hegemonía. En el mundo occidental se registran altos niveles de consumo y con una tendencia al aumento, con promedios individuales que, en algunos países, sobrepasan las 4 horas por día, como en EE.UU. y algunos países de Europa del este.

 

En el protagonismo de la televisión también influyen el resto de los medios, muchos de los cuales generan en torno a ella una cobertura adicional. Muchos medios escritos destacan en esta función; los diarios, por ejemplo, dedican una sección importante a difundir y comentar la programación televisiva, la que puede llegar, aun, a ser materia de titulares; también existen revistas que se especializan en el seguimiento de personajes televisivos. Un dato importante aparece en un informe de la Asociación Chilena de Agencias de Publicidad ACHAP donde, a través de un sistema de medición, se indica que una de las revistas más leídas en Chile es una revista de televisión, a cargo de una empresa de televisión por cable.

Internet ha generado un vínculo especial con la televisión. A través de la red las emisoras exhiben repeticiones de los programas, lo cual amplía la oferta televisiva hacia un espacio mediático con otra forma de accesibilidad y con otras legislaciones. Este vínculo ha sido favorecido por las nuevas tecnologías de los televisores (plasmas y LCD) que prestan un servicio adicional como monitores de computador, proporcionando una imagen de televisión de mejor calidad que los monitores convencionales.

Los efectos sociales generados por este medio pueden comenzar a observarse a partir de la presencia misma del televisor y de los hábitos de consumo. En muchas ciudades, sobre todo en aquéllas avanzadas en estándares de desarrollo y conectividad, la televisión ha propendido a competir con algunas instituciones tradicionales de integración social que caracterizaron al siglo XX. A pesar del crecimiento demográfico y la concentración urbana de la población muchas juntas de vecinos, clubes sociales, unidades políticas de base y otras agrupaciones han visto diezmadas sus actividades y su gravitación en favor de la tele-audiencia que, por medio de la televisión, recibe una comunicación e integración social más masiva y centralizada.

Un elemento clave de la hegemonía mediática de la televisión, y de sus efectos derivados, es su elevado nivel de credibilidad. Además de manifestarse en la preferencia ciudadana por sobre el resto de los otros medios, esta cualidad se expresa en el impacto que producen los contenidos televisivos, los cuales influyen de forma directa e indirecta en diversos ámbitos sociales: económicos, políticos, judiciales, militares, étnicos, valóricos, estéticos, etc. Si bien esta influencia es propia de la naturaleza de los medios de comunicación, debido a que como tales responden a líneas editoriales que determinan el mensaje y proyectan un sistema de creencias, el efecto social de la televisión se percibe en mayor grado, debido a que este medio es más efectivo en la transmisión de modelos de conducta que incentivan y regulan la reacción masiva de la tele-audiencia en las materias citadas.

Para la comprensión de los efectos sociales generados por este medio es adecuado considerar cierto principio lógico de estudio que explica los procesos sociales e históricos como una resultante de la combinación entre las fuerzas generales que los impulsan y las realidades locales que los reciben. Este principio aplicado al análisis de los efectos sociales de los medios, en este caso del medio hegemónico que es la televisión, permite comprender algunas realidades propias de la actualidad.

Las sociedades contemporáneas se caracterizan por la difusión y recepción de mensajes a través de una cobertura más rápida y masiva en comparación con otros períodos históricos. Esta característica es directamente proporcional al nivel de conectividad mediática. En estas condiciones pueden observarse procesos de cambio basados en la difusión y recepción de un determinado mensaje,  cuyo nivel de impacto depende de la fuerza general que lo impulsa y la realidad local que lo recibe.

En el marco de los efectos sociales de la televisión se pueden observar fuerzas generales, en este caso: la programación (de gran producción extranjera), más todas aquellas instancias que la generan y la difunden, como la industria televisiva, emisoras internacionales, organizaciones jurídicas, infraestructura tecnológica, etc. Y por otro lado existen realidades locales, en este caso: la tele-audiencia, más todas las instancias locales que permiten la recepción y regulación de la programación hacia ella, como redes regionales de televisión, emisoras locales (que pueden importar o exportar productos audiovisuales), empresas de televisión de pago, legislaciones y regulaciones estatales (leyes de administración del espectro radioeléctrico, jornadas laborales de la población, consejos de televisión, etc.), desarrollo y acceso tecnológico, niveles de consumo televisivo, cultura e idiosincrasia, etc. De acuerdo a la combinación de estas variables la televisión ejerce su magnitud de influencia y su respectiva difusión de mensajes a través de la programación. Estos mensajes abarcan desde índoles económicas hasta estéticas y culturales.

En términos culturales, por ejemplo, la televisión es clave para explicar ciertos sincretismos culturales contemporáneos. Como referencia, en Chile, durante los años 80’ y 90’ se incrementaron notablemente los nombres propios en inglés (Bryan, Kevin, Jonathan, etc.), sobre todo en los estratos sociales medios y bajos. Esto coincide con la marcada programación norteamericana en la televisión de la época y los altos niveles de audiencia que, cabe señalar, tienden al aumento a medida que se desciende en niveles socioeconómicos (ver cuadro 11). Un ejemplo más actual de estos efectos lo muestran los estilos culturales del Japón en los adolescentes chilenos (Visual, Emo, Pokémon, etc.), los cuales reciben una gran influencia de la programación televisiva infantil hecha en Japón.

En cuanto a la administración de este medio, desde su nacimiento ha sido centralizada, a cargo de una minoría privada o estatal. En Occidente predomina la administración privada (televisión privada) por sobre la administración estatal (televisión pública). Este modelo televisivo tiene su matriz en EE.UU. donde, desde la década de los 80’, el Estado prácticamente no participa en su financiamiento (Mander, 1994). En otros países este tipo de administración ha logrado imponerse; en Europa, por ejemplo, luego que la televisión naciera bajo un monopolio estatal, hoy en día la participación de la televisión pública se reduce al 30% del mercado (Crusafon, 2005). En Chile la participación de la televisión pública se reduce a un 12.5% en la señal abierta y a una cifra menor en la señal de pago. La administración privada de la televisión ha sido impulsada por los intereses e inversiones de este sector y por políticas estatales.

Los cambios administrativos de la televisión responden a los fundamentos y orientaciones del actual Modelo Social de Integración Mundial. En este sentido también se han generado cambios en los fundamentos y orientaciones de la televisión. La otrora concepción de empresa social atribuido a este medio ha ido dando paso, con el tiempo, a una concepción de empresa comercial, lo cual rige tanto en las políticas administrativas internas de las emisoras como en la programación que emiten al exterior.

De esta manera el mensaje transmitido por la programación también ha ido dando paso, desde un mensaje con fines sociales, hacia un mensaje con fines comerciales. En efecto la programación resultante de este modelo televisivo esta orientada con fines de lucro; estructurada a partir de estos intereses la eficiencia de la programación de las emisoras no radica en la calidad, sino en la rentabilidad.

En el modelo de negocio de la televisión se comercian los espacios mediáticos a los potenciales clientes que desean difundir un mensaje en la población. El telespectador, que económicamente suele denominarse consumidor, no es para la televisión un cliente, debido a que los ingresos de este medio no provienen de aquél, sino de los anunciantes. Según este modelo de negocio la televisión no capta telespectadores en calidad de clientes, sino como activos. La rentabilidad de la programación depende de los telespectadores, en la medida que éstos, por medio de la sintonía que conceden a la programación, determinan la cotización de los espacios arrendables. Sobre éstos últimos los anunciantes cancelarán un monto que, para la empresa de televisión, se traduce en utilidades y nuevos capitales de inversión. Como lo precisa el Dr. Brandon Centerwall, autor de diversos estudios acerca de este medio: “La industria de la televisión no está en el negocio de vender programas a la audiencia. Está en el negocio de vender audiencias a los avisadores comerciales”. Esta práctica rige tanto en la televisión privada como en la televisión pública.

Para regular la emisión de los contenidos y mantener la función social de este medio se han creado organismos estatales encargados de supervisar la programación; en Chile, por ejemplo, esta función la ejerce el Consejo nacional de Televisión. La función que desempeñan estos organismos es similar a la función de otros organismos públicos como los servicios y superintendencias que regulan el resto de las actividades económicas de acuerdo a los requerimientos del Estado.

Una consecuencia social importante de este modelo televisivo es la restricción en el acceso. A causa del oneroso costo de los espacios arrendables el acceso a este medio está delimitado por la capacidad económica, donde los clientes casi exclusivos son los grandes agentes comerciales. Estos clientes difunden su mensaje a través del género de la publicidad comercial.

En la práctica la publicidad comercial puede considerarse como uno de los fundamentos centrales de la televisión. A través de ella la televisión genera sus ingresos, lo cual convierte a esta institución en un criterio influyente dentro de los diversos ámbitos de la actividad televisiva. En Chile, por ejemplo, la publicidad es el género televisivo de mayor presencia en la señal abierta (ver cuadro 6).

En este contexto uno de los mayores efectos sociales de la televisión guarda relación con la publicidad y su mensaje común: el consumo. Dado que la mayor programación de la televisión actual corresponde a la publicidad comercial, que se presenta en diversos formatos, la sociedad experimenta una cultura de consumo.

 

 

El mensaje de consumo no se difunde exclusivamente a través del género publicitario. Los modelos de conducta exhibidos en el resto de los géneros televisivos constituyen un importante referente social del comportamiento de consumo; una característica constante manifestada en estos modelos de conducta es el hedonismo. También se observa una relativa fusión entre la publicidad comercial y la producción audiovisual; en películas y telenovelas, por ejemplo, los mensajes publicitarios se exhiben explícitamente en las escenografías y pueden llegar a interpolarse en los libretos de los actores. Cabe destacar que en Chile los Informativos –género televisivo que detenta las mayores sintonías- emiten constantemente notas periodísticas sobre la novedad de un determinado producto del mercado, exhibiendo alternativas de consumo en un formato periodístico.

Según las características señaladas se concluye que la televisión es uno de los principales vínculos del actual Modelo Social de Integración Mundial. Más aun, puede sostenerse que la televisión y ha sido un agente que ha contribuido a establecer y masificar el actual modelo. En el plano económico, por ejemplo, el actual modelo de distingue de los capitalismos anteriores por su enorme capacidad de producción y la rápida realización de sus mercaderías; esta dinámica tuvo un gran impulso a mediados del siglo XX y ha sido incentivada de manera creciente por el mensaje de consumo que sobresale en el sistema de creencias de la televisión, tanto por sus contenidos publicitarios como por la exhibición de modelos culturales y de conducta identificados con un elevado estándar de consumo.

Un hecho clave que ilustra este vínculo es que el principal exponente del modelo social, EE.UU., es también el principal exponente televisivo mundial. En la actualidad este país concentra la mayor industria televisiva y audiovisual, y sus compañías ejercen un predominio del mercado global a través de filiales, o alianzas con empresas locales, en los distintos continentes (Crusafon, 2005). Este hecho explica también el tipo de influencia que, a través de sus géneros, este medio ejerce en los diferentes ámbitos del modelo (económicos, militares, políticos, culturales, etc.).

En consecuencia la televisión se constituye en la actualidad como uno de los vínculos principales del modelo social que dirige la conformación de una Sociedad Mundo. La hegemonía que ejerce sobre los otros medios resulta, en proporción directa, con las crecientes preferencias que le manifiesta la ciudadanía. En esta condición la televisión ha podido suministrar la versión oficial de muchas materias que en ella se presentan, desempeñando un papel protagónico en la configuración de la realidad.

II)   Una tecnología violenta

Una de las características que distingue a la televisión es la cantidad de tiempo que le dedica la ciudadanía, lo que el escritor Henri Madelin catalogó como esencia cronófaga, en atención a las cerca de 2 horas que los adolescentes franceses le dedican diariamente (Le Monde Diplomatique; Et al, 2006). Sin embargo esta cifra se encuentra muy por debajo de otros registros. EE.UU., además de ser el principal exponente del modelo televisivo mundial, registra niveles de audiencia casi insuperables. Según la compañía de mediciones A.C. Nielsen el consumo de este país (promedio diario por habitante) en 2006 alcanzó la increíble cifra de 4 horas y 35 minutos, marcando un récord histórico frente a las mediciones de años anteriores. Éstas últimas, comparadas entre sí, muestran una tendencia sostenida al aumento (ver cuadro 8). EE.UU. figura como el principal mercado televisivo del mundo al aplicar estas cifras en una población que rodea los 300 millones de habitantes. (The Nielsen Company, 2006).

Estas mediciones reafirman la hegemonía de la televisión entre los medios, dado que la ciudadanía incrementa su tiempo de consumo televisivo a pesar del desarrollo y difusión de otros medios tecnológicos, como Internet, los I-Pod o los teléfonos móviles.

Pero junto a las ingentes utilidades económicas de la industria televisiva local, las interpretaciones sociales que puedan referirse sobre esta realidad no son menos inquietantes. De estas cifras se deduce que la mitad de los norteamericanos, es decir, unos 150 millones de habitantes, se exponen frente al televisor durante un tiempo superior a 4 horas y 35 minutos. Estimando que millones de personan dedican unas 5 horas a ver televisión significa que para ellos la relación con esta máquina constituye una de las principales actividades de vida. En Europa, según los resultados de un informe del Open Society Institute, países como Serbia, Hungría y Croacia, con promedios individuales por habitante de 4 hrs. 38’, 4 hrs. 34’ y 4 hrs. 14’, respectivamente, no están lejos de esta realidad. (Open Society Institute & Soros Foundations Network, 2005).

La conducta de consumo de este medio hace surgir la siguiente interrogante: ¿Se puede establecer un análisis de la televisión, como un medio más, cuya crítica se enfoque exclusivamente a partir de sus contenidos?

Para ciertos autores el análisis de los medios no puede prescindir de los aspectos derivados de su naturaleza mediática. Sobre esto, ya en los años 70’, McLuhan enfatizaba su frase “El medio es el mensaje”. Con ella explicaba que el contenido programático podría no ser el único factor de cambio que generan los medios en la sociedad. Jerry Mander,  economista e investigador social, y autor de diversos libros sobre las nuevas tecnologías, plantea el problema de la televisión en la sociedad y matiza esta idea de McLuhan: “La mera existencia de la televisión hace que la sociedad se organice de nuevas maneras […] las relaciones políticas, los conceptos y los estilos experimentan cambios […]. Debido a la manera en que las señales de televisión son procesadas por el cerebro, los patrones de pensamiento cambian y se desarrolla una nueva y original relación con la información: una relación cerebral fuera de contexto, pasiva. […]. Las consecuencias de la existencia de la televisión en nuestra sociedad son lejos más significativas que el contenido de sus programas. Por tanto, el Medio es el Mensaje. Cualquier análisis de la televisión que no aborde la totalidad de sus efectos es insuficiente.” (Mander, 1994).

En síntesis, lo que plantean  autores como McLuhan o Mander es que la televisión no puede ser medida desde el punto de vista exclusivo de su programación, sino también por la forma de procesamiento que ésta hace de la información.

En este procesamiento intervienen, además del mensaje, un conjunto de factores mediáticos que constituyen al medio en sí. Entre estos factores se cuentan: los relacionados con la producción audiovisual (géneros, formatos, técnicas y tecnología de los productos audiovisuales); los relacionados con la tecnología de la señal (estándar técnico de transmisión y recepción, más la calidad de recepción de la señal en escala local y domiciliaria); y los relacionados con la tecnología del televisor que, finalmente, reproducen la información audiovisual transmitida.

De este conjunto de factores que intervienen en la forma de procesamiento de la información el factor tecnológico es constitutivo. Sobretodo la tecnología del televisor, debido a que ésta interviene directamente con el individuo; en efecto, el televidente, antes de relacionarse con la programación y el mensaje, establece una vinculación sensorial con el televisor que la reproduce.

La descripción técnica que pueda proporcionarse sobre el funcionamiento de la televisión enriquece su conocimiento y comprensión, y proporciona elementos de juicio para generar criterios sobre ella y distinguirla de otros medios. Mecanismos similares, por lo demás, son utilizados en computadores y videojuegos, que también presentan índices de exposición excesiva, sobre todo en niños y jóvenes. Por ello se explicarán algunos de los aspectos tecnológicos de la televisión.

La propiedad distintiva que posee la televisión, por sobre el resto de los medios, es su capacidad para reproducir e interactuar imágenes desde cualquier estudio o punto del planeta. El movimiento de estas imágenes y la transmisión de sonido atribuido a ellas convierten a la televisión en un medio atractivo y, a primera vista, con mayores capacidades de comunicación que los demás.

La transmisión y reproducción de imágenes en muchos medios, como monitores, i-pod, celulares, o la televisión, tiene su base en el concepto de “Elemento de Imagen” o PIXEL (contracción de las palabras Picture Element). El píxel de una imagen consiste en una pequeña fracción de superficie dotada de tonalidad e intensidad. La imagen final que se percibe es el total de una gran cantidad de estos píxels que conforman sus partes. Así, la resolución de la imagen aumenta mientras más pequeñas estas áreas sean.

Una vez que el televisor recepciona la señal de la imagen –que consiste en detectar la intensidad de cada píxel que la compone- y la reconvierte en el decodificador interno, la información se dirige a la pantalla, que reproduce una imagen equivalente a la original. Cada píxel de la pantalla de televisión es un cuadro fotosensible capaz de generar una intensidad de luminancia (luz) y cromancia (color).

Para proyectar la imagen televisiva un punto luminoso va recorriendo ordenadamente la pantalla en forma horizontal, de izquierda a derecha, línea a línea; al recorrer la línea el rayo varía en función de la intensidad del píxel que está reproduciendo; al terminar la línea el rayo retorna rápidamente al extremo izquierdo de la pantalla, baja a la línea siguiente y vuelve a efectuar su recorrido. Este proceso se denomina barrido de imagen.

Similar al principio técnico de un osciloscopio (instrumento eléctrico que mide señales y vibraciones) lo que hay realmente en una imagen fija de televisión es un punto de intensidad y color variable que recorre línea a línea la pantalla. Que el ojo humano no vea un punto en desplazamiento, sino una imagen, depende de la relación entre la velocidad a la que se desplaza el punto y la capacidad natural de percepción del ojo humano o capacidad de discriminación temporal.

Esta primera etapa del mecanismo genera una imagen fija. Para generar la ilusión de movimiento la televisión, de manera parecida al cine, proyecta una secuencia de imágenes, cuya velocidad se mide en cuadros o tramas por segundo (30 cuadros por segundo en el sistema vigente en Chile). La ilusión de movimiento se logra superponiendo estas imágenes fijas, una tras de otra, a través de golpes de luz.

Para mejorar la calidad del movimiento y evitar que el ojo humano discrimine la alternancia derivada de los golpes de luz o, más claramente, para evitar que se discrimine el centelleo de la pantalla, la televisión efectúa un barrido entrelazado, es decir, se barre línea por medio cada vez: en un golpe de luz se barren la primera, tercera, quinta, etc. y en el siguiente se barren la segunda, cuarta, sexta, sucesivamente. Junto a esto la secuencia de imágenes se duplica a un total de 60 cuadros por segundo, es decir, 60 golpes de luz por segundo. Con la técnica de secuencia de imágenes se consigue que éstas se perciban como continuas y en movimiento, y con el barrido entrelazado y la duplicación de la frecuencia se evita la discriminación del centelleo, de manera que el telespectador percibe las imágenes en un movimiento continuo (Vivaldi).

A diferencia del cine, donde las imágenes resultan de la iluminación y ampliación de una secuencia de fotos sobre una pantalla neutra, en la televisión la imagen no existe como tal. Se proyecta a través de un flujo de electrones o haz que apunta a la pantalla fosforescente y que la barren o recorren línea a línea. En rigor, en la televisión no existen las imágenes: sino el efecto visual de un punto luminoso que recorre rápidamente la pantalla.

El estándar técnico NTSC (vigente en Chile) es capaz de transmitir una resolución de 525 líneas. En alta definición se pueden transmitir hasta 1080 líneas.

La fosforescencia de la pantalla, que ilumina los electrones que la recorren (punto luminoso), se produce por una reacción física: en el caso de los televisores convencionales actúa un gas a base de Fósforo; en el caso de los televisores de plasma se suman otros gases que generan el plasma (una forma de  reacción física –o estado de la materia- generado por ciertos gases nobles expuestos a electromagnetismo); o por una sustancia química en forma de gel en el caso de los “Liquid Crystal Display” (LCD).

El proceso técnico de la reproducción de las imágenes es mucho más complejo. Aquí sólo se han resumido los factores técnicos considerados relevantes en la relación televisor televidente. 

El conjunto de factores mediáticos (tecnológicos y de producción) involucrados en el funcionamiento de la televisión generan una serie de efectos en el televidente, los cuales han sido objeto de investigaciones por parte de diversos especialistas. Un primer acercamiento sobre esta materia resulta de la simple observación de una persona que ve televisión, donde se advierte un estado especial de absoluta pasividad.

Las investigaciones han descubierto que el acto de ver televisión influye particularmente en el sistema cerebral. Los científicos que estudian la actividad de ondas cerebrales encontraron que cuanto más tiempo pasa una persona viendo televisión, mayor es la posibilidad que el cerebro entre en estado “alfa”, que es un patrón constante de onda cerebral en el cual la mente se encuentra en su modalidad más receptiva. Es una modalidad no cognoscitiva del cerebro, donde no existe una participación consciente en el proceso de información, y ésta última puede ser colocada en el cerebro directamente (Mander, 1994).

Una de estas investigaciones fue realizada por el Doctor Erik Peper, director del Instituto de Estudios Holísticos de la Universidad de San Francisco, quien comprobó que los niños que veían televisión se encontraban casi continuamente en “alfa”. En sus conclusiones Peper enfatiza que la televisión “enseña al sujeto a no reaccionar frente a la información”. Los psicólogos Merrelyn y Fred Emery, del Centro de Educación Continua de la Universidad Nacional de Australia, también comprueban un predominio de ondas cerebrales “alfa” en los niños que ven televisión, señalando que estas condiciones cerebrales fomentan la aceptación acrítica del material televisivo (Vivaldi).

Los investigadores concluyen la casi nula capacidad de respuesta que experimenta el televidente y la exclusión de su participación consciente en el procesamiento de la información. Este estado del individuo ha sido denominado de diferentes formas. Los investigadores de la Universidad Nacional de Australia lo llaman “enseñanza durante el sueño”. La antropóloga Rose Goldsen (de la Universidad de Cornell, en Inglaterra), se refirió a él como “aprendizaje mnemotécnico”. Mientras que Erik Peper dijo: “la palabra zombi es la mejor manera de describir la experiencia de ver televisión” (Mander, 1994).

Para los investigadores existen varias razones que inducen al cerebro a entrar en esta condición “alfa” pasivo-receptiva. Para Jerry Mander (ya citado) el motivo más relevante tiene relación con los factores de la producción audiovisual, específicamente, con las propias imágenes de la pantalla. Éstas aparecen a una velocidad fuera del control del televidente, en un flujo de imágenes e interacciones, lo cual no permite procesarlas debidamente, y menos en proporción a la naturaleza de sus contenidos. “Así es que hay dos posibilidades: entregarse a las imágenes o salirse de la experiencia”, explica el autor.

Un segundo factor que influye en la disminución de la actividad cerebral lo constituye la ausencia de movimiento ocular que el individuo experimenta frente a la pantalla. Este factor se considera importante dado que la neurofisiología del ojo está relacionada con mecanismos neurales internos encargados de estimular el pensamiento (Mander, 1994).

Un tercer factor que se considera como responsable de que el cerebro baje al patrón de ondas “alfa” es que, junto con la ausencia de movimiento ocular y el flujo de imágenes, la pantalla constantemente está generando una luz intermitente, que ya ha sido descrita técnicamente como frecuencia de cuadros.  Este centelleo, a un ritmo de 60 veces por segundo, induciría a un estado relativo de hipnosis: en opinión de algunos psicólogos que practican el hipnotismo, mirar la luz intermitente de una pantalla de televisión se asemeja a mirar fijamente un cirio de hipnotista (Mander, 1994).

Existe un caso extremo donde se evidencia el centelleo de la pantalla: las crisis de epilepsia desencadenadas al ver televisión. El Doctor Ennio Vivaldi, especialista en Neurofisiología y profesor de la Universidad de Chile, describe esta patología como un tipo de las epilepsias fotosensibles, las cuales se desencadenan por estímulos luminosos intermitentes o por alternancias de luz oscuridad. Según las fuentes citadas por Vivaldi la epilepsia televisiva se registra en una razón aproximada de 1 caso por cada 15 mil habitantes. Su incidencia es mayor en la población infantil y son factores importantes en la probabilidad de desencadenamiento la calidad de recepción de la señal, que debe tener un centelleo menor, y la distancia del televidente frente a la pantalla, que debe ser de unos 3.5 metros. Recientemente se ha sugerido que ciertos videojuegos constituyen un factor de riesgo (Vivaldi).

Un punto de investigación importante sobre los efectos de la televisión ha sido el comportamiento de consumo televisivo que experimenta la población. Uno de los descubrimientos más inquietantes sobre esta materia es que la televisión estimula en el individuo una reacción adictiva que puede manifestarse en diferentes grados. A lo largo de las investigaciones se han evidenciado varias analogías con los efectos de otras sustancias como el alcohol. En el transcurso de estas investigaciones ha aumentado el número de profesionales que catalogan a la televisión como una droga.

Los investigadores Paulino Castells, psiquiatra infantil y profesor de la Universidad Internacional de Cataluña, e Ignasi de Bofarull, pedagogo y orientador, afirman que, después de décadas de referirse a la adicción televisiva como un término informal entre profesionales de la salud y la educación, hoy sí se puede hablar de teleadicción en sentido estricto. Castells menciona casos de sus pacientes que han sido tratados por su adicción a la televisión y explica que “del mismo modo que si se consumen drogas estas personas han adquirido una dependencia y, por tanto, padecen el síndrome de abstinencia” (Carrillo, 2000).

Según estos especialistas el perfil de teleadicto consta de los siguientes síntomas (con sólo 4 se está en presencia de teleadicción):

§          Visión indiscriminada: ve mucha más televisión que el promedio de telespectadores.

§          Uso sedante: utiliza la televisión como un relajante o tranquilizante, no como simple entretenimiento.

§          Pérdida de control durante la visión: selecciona poco o nada los programas (practica mucho el zapping y el surfing).

§          Incapacidad de delimitar el tiempo de visión: se siente incapaz de disminuir los hábitos de consumo televisivo.

§          Remordimiento después del consumo: experimenta relajación mientras la ve, pero luego se siente peor que antes de haber empezado.

§          Remordimiento frente al hábito de consumo: está descontento de sí mismo por ver tanta televisión.

§          Incomodidad en ausencia del televisor: se siente incómodo o extraño cuando está privado del televisor (Castells; De Bofarull, 2003).

Si bien no se ha determinado con precisión el mecanismo biológico interno involucrado en este tipo de comportamiento adictivo –a diferencia de los casos de adicción a otras sustancias, donde se puede detectar una evidencia química- el calificativo de droga atribuido a la televisión se aplica sobre la base de su sintomatología, que ha sido estructurada a partir de los parámetros clínicos de otras adicciones.

Sobre la relación que este medio establece con el individuo y su sistema neurofisiológico, Castells y de Bofarull indican que la televisión emite incentivos que ponen en marcha determinados sistemas neuronales llamados sistemas de gratificación cerebral, los cuales, como indica su nombre, producen gratificación, estimulando la exposición frente a la pantalla y la reproducción de las visiones gratificantes. Los especialistas también señalan la disminución de la actividad cerebral, especialmente en las zonas encargadas de procesar informaciones complejas. Este estado del individuo frente a la pantalla lo denominan “inherencia de la atención” (Castells; De Bofarull, 2003).

Los casos clínicos registrados de teleadicción son numerosos. Sin embargo, los especialistas indican que algunos de los síntomas descritos, aunque en menor grado, se han detectado en la mayoría de asiduos telespectadores, sin que se consideren plenamente adictos (Castells; De Bofarull, 2003). De acuerdo a esta afirmación los antecedentes médicos descritos sobre el comportamiento de consumo televisivo pueden guardar relación con los comportamientos de consumo de la población registrados en escala general.

Entre los comportamientos más comunes asociados a la teleadicción, que se registran en nivel general, se encuentran la visión indiscriminada (con promedios individuales que sobrepasan las 5 horas diarias, llegando a extremos de hasta 6 y 7 horas diarias) y la práctica habitual de zapping y surfing (el zapping se refiere a la alternancia de la visión entre distintos canales y el surfing se refiere al desplazamiento casi continuo entre los canales sin un criterio claro de selección). Otro síntoma visible, tal vez en menor número, es el uso de la televisión como sedante; muchas personas declaran no poder conciliar el sueño sin previo consumo de televisión. 

Existen otros descubrimientos acerca de los efectos de este medio; a continuación se expondrán algunos de ellos que inciden principalmente en niños y jóvenes.

III)   Televisión y Educación

Más de una ambigüedad y contradicción se presenta al concebir este medio con relación a sus aportes en materia de Educación. Esto se debe a que dentro de la programación, y sobretodo en la televisión de pago, pueden hallarse productos audiovisuales con contenidos de tipo cultural y educativo. Sin embargo, las investigaciones científicas refutan las propiedades educativas de este medio. En vista de ello es necesario aclarar esta relación.

Un primer punto a considerar sobre este respecto es el efecto que produce el hábito de ver televisión en la distribución del tiempo que realizan niños y jóvenes. En países que registran un alto consumo televisivo, como EE.UU., se puede deducir que el hábito de ver televisión desplaza el cumplimiento de actividades educativas no presenciales o complementarias como estudiar, leer, confeccionar trabajos, etc. En efecto, si un adolescente norteamericano  que pasa entre 7 y 8 horas del día en su respectivo establecimiento educacional y, luego de realizar las actividades cotidianas, dedica un promedio de 4 horas y 35 minutos a ver televisión (sin sumar el tiempo dedicado al computador y videojuegos) se deduce que dicho adolescente no atiende las actividades educativas mencionadas. Al menos, no las atiende debidamente, dado que en ellas se requiere concentración y energía. En consecuencia, el hábito de ver televisión, con relación a la distribución del tiempo, perjudica los hábitos de estudio, o cultura de estudio, que es determinante en los resultados académicos.

Cabe señalar que el mismo adolescente norteamericano que dedica 4 horas y 35 minutos a la televisión dedica un promedio aproximado de 32 horas semanales frente a la pantalla. Esta cifra es casi equivalente a las 35 horas semanales que pasa en el colegio (de las que se deben descontar los intermedios entre clases). Si se extiende este cálculo al total del año, el mismo adolescente dedicaría unas 1540 horas a la televisión frente a unas 1400 horas que comprenden el programa académico anual.

Entre los descubrimientos de mayor alerta sobre la televisión se encuentra una variedad de efectos neurofisiológicos que este medio proyecta en el individuo.

Resulta imperativo, en base a estos efectos, desmentir ciertos calificativos de la televisión como ‘recurso’ o ‘complemento’ de la actividad educacional. El cerebro puede ser considerado como un centro que dirige y regula la actividad mental y corporal a través de impulsos eléctricos. Los pensamientos y los movimientos son impulsos eléctricos. En consecuencia, un medio que fomenta la disminución de la actividad eléctrica del cerebro a un estado mental no cognitivo no puede ser considerado como ‘recurso’ o ‘complemento’ de la actividad educacional. La tecnología de la televisión restringe la participación consciente del individuo en la recepción de la información. Sobre este efecto instantáneo los propios realizadores de los experimentos electrofisiológicos citados anteriormente sostienen que la televisión no enseña, sino que introduce directamente la información por medio de la disposición pasiva del cuerpo y la mente, catalogándola, incluso, como un medio propio de la indoctrinación. Este proceso ha sido denominado como “aprendizaje mnemotécnico” o “enseñanza durante el sueño”.

Los descubrimientos más preocupantes sobre los efectos neurofisiológicos de la televisión provienen de las investigaciones sobre los hábitos de consumo televisivo. En ellas se ha descubierto que la televisión proyecta en el tiempo una disminución del desarrollo cognitivo y de las capacidades de aprendizaje. Estos efectos son de carácter acumulativo y perjudican el rendimiento académico durante todas sus etapas. Entre las investigaciones más recientes destacan:

• Un estudio de 2005, dirigido por el Doctor Frederick Zimmerman, del Instituto de Salud Infantil de la Universidad de Washington. El estudio detectó que la exposición de los niños a la televisión está asociada a un menor desarrollo cognitivo. Se analizó el desempeño de niños de 3 a 5 años de edad en 2 test de lectura y 1 de memoria, comparando los resultados con el tiempo destinado a ver televisión. El estudio muestra  que cada hora promedio de consumo televisivo al día en estos niños está asociada a peores puntuaciones (Cristakis; Zimmerman, 2005).

• Un estudio del mismo año,  dirigido por Robert Hancox, de la Unidad de Investigación para el Desarrollo de la Universidad de Otago (Nueva Zelanda), donde se analizaron 1037 casos de niños y jóvenes de entre los 3 hasta los 26 años de edad, residentes en la ciudad de Dunedin (Nueva Zelanda).  En el estudio se demuestra un patrón de rendimiento académico negativo que se asocia en directa proporción al tiempo destinado a ver televisión. Los investigadores indican que estos resultados afectan de manera similar a hombres y mujeres, son constantes e independientes del nivel de inteligencia, estado socioeconómico y problemas de comportamiento, y se extienden durante todos los grados de la educación escolar, incluyendo los estudios universitarios (Hancox; Et al, 2005).

 

• Un estudio de 2007, dirigido por Jeffrey Johnson, miembro del Instituto de Psiquiatría de Nueva York y profesor de la Universidad de Columbia (en la misma ciudad). En este estudio se analizó el desempeño académico de jóvenes de 14, 16 y 22 años, de 678 familias de Nueva York. Se demostró que los hábitos televisivos se asocian al desarrollo de problemas de atención, dificultades de aprendizaje y resultados académicos adversos en el largo plazo. El estudio indica que los jóvenes que ven más de 1 hora de televisión por día (edad media de 14 años) se encuentran en riesgo elevado de incumplimiento de tareas, actitud negativa hacia la escuela, bajas calificaciones, y fracaso escolar en el largo plazo; los jóvenes que ven más de 3 horas de televisión por día son los más propensos a estos resultados, tienen un elevado riesgo de contraer problemas de atención y son los que menos posibilidades tienen de concretar estudios universitarios (Johnson; Et al, 2007).

Estos estudios científicos revelan taxativamente la relación perjudicial que la televisión establece con la Educación y desmienten categóricamente las propiedades pedagógicas que califican a este medio como ‘recurso’ o ‘complemento’ de la Educación: resulta irracional y antiprofesional calificar a un medio que perjudica el desarrollo cerebral y que estimula una dependencia sobre su consumo como ‘recurso’ o ‘complemento’ de la Educación.

Un factor clave en la asociación de este medio a la deficiencia en los resultados académicos es la presencia del televisor. Un estudio conjunto de las universidades de Stanford y John Hopkins, en EE.UU, reveló que la presencia del televisor en los dormitorios de los niños está asociado a menores resultados académicos. Los niños que participaron en el estudio (edad de 8 años) que tenían televisor en sus dormitorios mostraron una disminución constante de los puntajes obtenidos en las áreas de matemática, comprensión de lectura y lenguaje (Borzekowski; Robinson, 2005).

Viene al caso explicar que el televisor también inhabilita los espacios de estudio, debido a sus efectos extensivos sobre los ambientes. Junto con estimular directamente su propio consumo este medio concita la atención de terceros y produce contaminación acústica, lo cual puede llegar a ser perjudicial en el entorno, específicamente, sobre las actividades educativas que requieren concentración.

Entre los efectos neurofisiológicos producidos por la televisión se advierte una alteración en la actividad de descanso del televidente, cuyo efecto es acumulativo en el tiempo. En un estudio de 2004, dirigido por Jeffrey Johnson (ya citado), se detectó que el consumo de televisión durante la adolescencia (promedio de 3 horas diarias) incide en el desarrollo de trastornos del sueño durante la edad adulta (Johnson; Et al, 2004).

Sobre este punto cabe señalar que el efecto extensivo del televisor sobre los ambientes también puede llegar a afectar el descanso de las personas que habitan el entorno, debido a la contaminación acústica y los altos niveles de consumo que se registran. Este flagelo tiene mayor incidencia en los sectores de bajo nivel socioeconómico, sobretodo en hogares que carecen de espacios organizados o donde existe hacinamiento; también puede ocurrir en habitaciones compartidas con presencia de televisor.

En otras áreas de investigación se ha comprobado que la televisión se asocia a problemas en la salud física, producto de la pasividad corporal del televidente. Entre estos problemas se encuentran la obesidad, la hipercolesterolemia, y la menor actividad física y metabólica (Vivaldi).

Como puede advertirse, los efectos perjudiciales de este medio en materia de salud y Educación son derivados del hábito de ver televisión. Este hábito ocurre principalmente en el ambiente doméstico. Sin embargo algunos registros revelan que muchos establecimientos de Educación Pre-escolar (sala-cunas y jardines infantiles) utilizan la televisión entre sus actividades.

Es necesario puntualizar que desconocer las propiedades de la televisión no es desconocer las propiedades de los recursos audiovisuales. En primer lugar porque, de acuerdo a sus contenidos y mensajes, muchos recursos audiovisuales son recursos educativos y también formas de arte, como el caso de películas, documentales, conversaciones, entrevistas, etc. En segundo lugar se debe considerar que los medios y los géneros de comunicación llevan consigo formas propias de expresión, atributos únicos que son legibles en virtud de sus capacidades mediáticas y genéricas. El problema que se aborda aquí es la deficiencia de la televisión como medio tecnológico mediante el cual nos acogemos a estos recursos. La televisión no es el único medio capaz de reproducir estos recursos audiovisuales, también existe el cine y los proyectores digitales que utilizan una técnica de imagen distinta, de mejor calidad y mediante la cual el espectador establece una relación mucho más activa.

Algunos investigadores han descubierto un particular efecto neurofisiológico producido por la televisión que puede estar relacionado con otras reacciones citadas, como los trastornos del sueño o el comportamiento adictivo hacia la pantalla. La televisión produce una aceleración del sistema nervioso. Jerry Mander (ya citado) explica que mientras un niño ve televisión sus condiciones cerebrales permiten que las acciones de las imágenes se instalen como impulsos en su cerebro; por ejemplo, al ver una pelea, el niño activa el impulso mecánico de la reacción, pero como es una realidad televisiva el niño automáticamente suprime la emoción. Durante toda la experiencia de ver televisión el niño pasa repetidas veces por los dos polos de acción y supresión, a pesar que, por el mismo efecto de la apantalla, su cuerpo permanezca inactivo. Una vez desprendido de la pantalla la energía almacenada en él irrumpe en un comportamiento inquieto y desorganizado que se asocia a la hiperactividad (Mander, 1994).

El autor señala lo preocupante de este efecto, sobre todo porque muchos padres de niños hiperactivos permiten que sus hijos se calmen frente al televisor, que actúa con un efecto sedante. Sin embargo el acto de ver televisión, si bien los calma, simultáneamente da origen a un nuevo ciclo.

Uno de los aspectos que califican a este medio como una droga es, precisamente, su efecto sedante; mas, según lo anterior, este agente también produce un efecto estimulante. Esta ambivalencia de la respuesta orgánica, entre la pasividad y la aceleración, constituye uno de los aspectos más controversiales de la televisión y puede resultar clave para comprender la adicción a la pantalla, considerando la apreciable analogía con los efectos orgánicos de otras drogas.  

Además del efecto adictivo que estimula la televisión, lo cual ha motivado a muchos especialistas a calificar a este medio como una droga propiamente tal, existe una fundada aprensión sobre el posible vínculo que la televisión puede establecer con otras sustancias adictivas. Este vínculo se fundamenta en los efectos que la televisión genera en el organismo. La televisión actúa como una droga: activa los sistemas de gratificación cerebral, produciendo un efecto placentero; también disminuye la actividad cerebral, produciendo un efecto pasivo, sedante y evasivo del entorno; por otro lado produce aceleración y, sobre la misma, actúa también como sedante al encender la pantalla nuevamente. Este conjunto de efectos habitúa a los niños, adolescentes y jóvenes a depender de efectos similares, que los relajen, los evadan de la realidad y que actúen fuertemente en sus emociones y sensaciones placenteras. Los niños asiduos a la televisión que mantienen estos hábitos crecen con una menor autonomía psíquica y corporal, acostumbrándose a depender de elementos externos para realizar su vida. Por consiguiente, la televisión, como generadora de hábitos de dependencia, puede constituir un paso preliminar para el consumo futuro de drogas más fuertes, como el tabaco, el alcohol, la marihuana, y otros psicotrópicos.

Esta asociación entre la televisión y otras sustancias adictivas se fortalece debido a que las drogas ejercen un efecto de retroalimentación entre sí, donde el consumo de sustancias blandas (menos adictivas) conducen al consumo de sustancias duras (más adictivas). Esta conducción es uno de los factores constantes en los casos declarados de drogadicción y es citado como argumento en las cada vez más frecuentes discusiones sociales acerca de las drogas.

Los efectos de la televisión citados hasta aquí han sido derivados principalmente de la naturaleza del medio en sí, es decir, de la forma mediante la cual este medio procesa la información. Esta instancia, constituida por un conjunto de factores mediáticos ya señalados (ver página 9), ha sido privilegiada en su tratamiento en el presente documento, debido a que necesariamente debe ser incluida en los criterios y consideraciones que se hagan sobre este medio. Todos los efectos asociados a la televisión tienen que ver con estos factores. Los efectos en la salud y la Educación citados hasta aquí, los cuales se han extraído de la mera presencia de la televisión, sin abordar aún sus contenidos programáticos, dan testimonio de ello.

Para comprender los efectos de la televisión en su dimensión comunicacional se deben incluir los factores mediáticos señalados. Según se ha explicado, la forma mediante la cual este medio procesa la información posee características propias que excluyen el tratamiento conciente de la información por parte del individuo y ésta tiende a ser colocada directamente en el cerebro. A este efecto de la pantalla se suma la activación los sistemas neuronales denominados sistemas de gratificación cerebral que estimulan en el individuo la reproducción de las conductas consideradas como gratificantes (Castells; De Bofarull, 2003). Debido a esta influencia neurofisiológica en el televidente los mensajes difundidos por la televisión generan un impacto mayor y más complejo que los mensajes difundidos por otros medios de comunicación masivos como los medios escritos, la radio o el cine.

Un aspecto clave para estimar el efecto social de este medio en términos comunicacionales, además del especial estado de recepción del televidente, es que la televisión no sólo constituye el principal medio de comunicación social; en la práctica también es un agente estrechamente vinculado con la cotidianidad. Esto se expresa en el nivel de accesibilidad de la población (prácticamente en un 100% en muchos países) y en los elevados índices de consumo que registran las mediciones. Este ambiente de facto incide fuertemente en la ciudadanía, sobre todo en las generaciones en desarrollo, ante las cuales este medio ha demostrado transmitir eficientemente modelos de conducta.

El ambiente cotidiano es un factor clave en el desarrollo de conductas humanas, e incide profundamente en niños y jóvenes. Como señalan profesionales de la salud y la Educación la imitación de conductas observadas en mayores es una de las principales características del aprendizaje y la Ontogenia. De este ambiente cotidiano la televisión es constitutiva y, en atención a su mecanismo de transmisión, resulta ampliamente influyente (se ha demostrado que un niño de 14 meses incorpora conductas vistas en televisión) (Vivaldi).

Estos antecedentes resultan preocupantes si se considera que la programación televisiva se caracteriza por presentar contenidos disruptivos. En el modelo de negocio de la televisión los contenidos disruptivos y las conductas extremas y patológicas son recursos temáticos para generar sintonía. En Chile, por ejemplo, las emisoras de señal abierta suelen frecuentar temáticas como la violencia, la violencia sexual, la delincuencia, la drogadicción, los asesinatos en serie, etc.

 

Acompañados de un trasfondo musical de desgracia, de rock metal o de melodías contingentes, estos contenidos suelen caracterizarse por una ambigüedad en la intensión mediática, es decir, una ambigüedad en su mensaje. Esto ocurre incluso en los géneros periodísticos, donde el contenido informativo es presentado de forma sensacionalista. La función de denuncia de estos contenidos es menos relevante que la función de referentes sociales concretos para la tele-audiencia. Al menos para niños y jóvenes. Para muchos de ellos estos actos y modelos de conducta son vistos por primera vez en televisión.

Con frecuencia este tipo de contenidos extremos no son utilizados con una intención periodística, sino con fines de entretención, como en el caso de telenovelas, series, películas y misceláneos. En estos géneros la ambigüedad en la intensión mediática es mayor y rige el mismo razonamiento señalado anteriormente. La función de entretención de estos contenidos es menos relevante que la función de referentes sociales concretos para la tele-audiencia. Algunos programas de entretención utilizan, incluso, la pedofilia y la zoofilia en sus libretos humorísticos.

En este contexto existe otro motivo vinculante entre la televisión y el consumo de sustancias adictivas, esta vez derivado de la programación. Un primer caso lo constituye el propio mensaje de consumo de la publicidad, donde se anuncian fármacos y sustancias adictivas como las bebidas energizantes y el alcohol (también el tabaco en algunos países). Muchos de estos mensajes están dirigidos a la población joven; en Chile, por ejemplo, ciertos anuncios de alcoholes, como el pisco, el ron y la cerveza, muestran un modelo de consumidor joven y a veces universitario. Otro caso lo constituye la exhibición de conductas sociales extremas, entre las cuales se encuentra la drogadicción. En Chile, por ejemplo, los equipos periodísticos filman las transacciones y el consumo de drogas de la vida real, en esquinas, negocios, etc.; también se inmiscuyen en los círculos del narcotráfico. En la práctica estas imágenes fetiches se traducen en referentes sociales concretos, en modelos de conducta que son presentados a la tele-audiencia, compuesta también por niños y jóvenes (a pesar de las normativas vigentes y las recomendaciones de control parental en el consumo de televisión).

Para ejemplificar la influencia de este medio en su dimensión comunicacional el último efecto a tratar en este documento se desprende de uno de los mensajes más sobresalientes en el sistema de creencias de la televisión: la violencia. La dilucidación de un vínculo entre este contenido televisivo específico y su impacto en la vida real, sin embargo, se constituye también como un parámetro de referencia de otros tipos de influencia social ligada a los contenidos televisivos.

Las investigaciones sobre los vínculos entre la televisión y efectos como la violencia, la agresión, el miedo y la desensibilización se han realizado a lo largo de la Historia de este medio. Según la Fundación Televisión Educativa, con sede en Buenos Aires, se pueden contabilizar en la actualidad más de 3000 estudios en estas materias, de los cuales más de 80 se han especializado en encontrar una relación causal entre la violencia en televisión y la violencia en la vida real.

Utilizando múltiples metodologías y sustentados por diversos financistas la mayoría de los estudios entre la televisión y la violencia comprueban científicamente las hipótesis formuladas acerca de este vínculo (según la fundación citada, del total de los estudios realizados sólo 1 no ha encontrado una relación causal; dicho estudio fue realizado por una cadena de televisión).

Llama la atención que, a pesar del reconocimiento de estas investigaciones por parte de prestigiosas instituciones médicas y académicas, sus resultados no encuentren cobertura al interior de los grandes medios, paradójicamnete, tratándose de información relevante sobre el principal medio de información.

 

A continuación se describirán algunos de estos estudios:

  En 1972, la doctora Aletha Huston, directora del Centro para la Investigación de la Influencia de la Televisión en Niños, de la Universidad de kansas (EE.UU.), condujo un estudio destinado a medir la influencia de la violencia televisiva en los párvulos. Durante 9 semanas se estudiaron niños de 4 años, divididos en tres grupos. A dos grupos se les mostraron programas pro sociales y sin violencia, y a los niños del tercer grupo se les mostró dibujos animados con escenas de violencia. Los niños de este último grupo se mostraron más propensos a golpear, a insultar, a desobedecer las reglas en clase y a ser impacientes frente a frustraciones menores (Fund. TV).

• En 1998, los Doctores Daniel Linz y Edward Donnerstein de la Universidad de California, y el Doctor Steven Penrod de la Universidad de Wisconsin, investigaron los efectos de las películas sexualmente violentas en jóvenes. Se formaron cuatro grupos: el primero no vio películas; el segundo vio películas no violentas de tipo eróticas; el tercero vio películas con escenas de sexo; y el cuarto vio películas mordaces con violencia hacia mujeres. Posteriormente todos los jóvenes de los cuatro grupos formaron un panel y se les hizo preguntas para medir su empatía por una víctima de violación. Los que vieron las películas mordaces mostraron menos empatía por la víctima y por víctimas de violaciones en general.

En otros experimentos estos mismos investigadores han demostrado que algunos hombres expuestos a escenas violentas de naturaleza sexual se han excitado sexualmente y han aumentado su agresión hacia las mujeres. Los autores indican que estas actitudes pueden tener una relación con agresiones contra las mujeres en el mundo real (Fund. TV).

• En 1987, los investigadores George Comstock y Hae – Jung Paik, de la Universidad de Syracuse (Nueva York) analizaron los resultados de más de 180 estudios distintos sobre violencia y televisión. Utilizando técnicas estadísticas de alto nivel la investigación concluyó que los datos registrados durante 15 años fortalecen las vinculaciones entre la televisión y el comportamiento agresivo y delincuente (Fund. TV).

• En 1973, los Doctores Lesley Joy, Meredith Kimbal y Merle Zabrack, de la Universidad de British Columbia (Canadá), realizaron un estudio en un pequeño pueblo canadiense llamado Notel, que recibía señal de televisión por primera vez debido a problemas con la recepción. Los investigadores incluyeron en el estudio grupos de niños de otras comunidades que ya tenían televisión; los grupos fueron observados durante 2 años y medio en cuanto a la agresión física que empleaban. En los niños de las otras comunidades los niveles de agresión física no registraron un aumento significativo; en los niños de Notel, en cambio, los niveles de agresión física aumentaron en un 160% desde que la televisión se introdujo en el pueblo (Fund. TV).

• En 2002, los Doctores Elif Özmert y Kadriye Yurdakök, de la Universidad de Hacettepe (Turquía), y Müge Toyran de la Universidad de Gaziosmanpasa (Turquía) realizaron un estudio con 888 niños de segundo y tercer grado donde se analizó la relación entre el tiempo dedicado a ver televisión y las puntuaciones obtenidas en una pauta de medición de problemas en el comportamiento social (Child Behavior Checklist, CBCL). En el estudio los padres respondieron preguntas sobre  el comportamiento de sus hijos y sobre las actividades que sus hijos realizaban en su tiempo libre. Los investigadores demostraron que el tiempo de exposición a la televisión está directamente relacionado con un aumento de las puntuaciones de la lista que mide los problemas en la conducta social. El estudio concluye que ver televisión durante más de 2 horas por día aumenta el riesgo de contraer comportamientos agresivos y delincuentes (Özmert; Et al, 2002).

• A comienzos de la década de 1960, los Doctores Rowell Huesmann y Leonard Eron de la Universidad de Michigan (EE.UU.), comenzaron un estudio sobre 875 niños durante 22 años. Las investigaciones detectaron que lo que ven en televisión niños de 8 años se corresponde significativamente con actos criminales cometidos a la edad de 30 años; el estudio encontró que la programación infantil tuvo una vinculación mayor a otras influencias, como el entorno social, el comportamiento de los padres, la crianza y otras variables incluidas en el estudio. En presencia de estos resultados los investigadores comunicaron al congreso de EE.UU en 1992 que “la violencia en la televisión afecta a jóvenes de todas las edades, de ambos géneros, en todos los niveles socioeconómicos y en todos los niveles de inteligencia” (Fund. TV).

• En 1992, el Doctor Brandon Centerwall, de la Universidad de Washington, publicó los resultados de sus estudios que vinculan a la televisión con los comportamientos criminales. Su campo de investigación incluyó a EE.UU, Canadá y Sudáfrica. Los estudios revelaron que los niveles de homicidio en norteamericanos de raza blanca se habían duplicado en el periodo de 1950 a 1975, periodo en que se introdujo la televisión y creció la primera generación de jóvenes en compañía de este medio. Centerwall concluyó que las variables complementarias como urbanización, condiciones económicas, consumo de alcohol, castigos y accesibilidad a las armas no podían explicar el aumento. Tampoco la experiencia estadounidense de la guerra de Vietnam, ya que las estadísticas canadienses aumentaron en niveles similares a las de EE.UU. En contraste con estos países, en Sudáfrica el número de homicidios permaneció estable durante este periodo de 1950 a 1975, mientras el país no tuvo televisión. Pero en 1987 la primera generación sudafricana criada con televisión –hecha en EE.UU- llegó a la edad adulta y el nivel de homicidios registrados en Sudáfrica se duplicó. En EE.UU y Canadá los niveles de homicidios entre 1975 y 1987 no mostraron mayor aumento respecto del período anterior. En el Journal de la Asociación Médica Americana (AMA) de Junio de 1992 Centerwall concluye que si “hipotéticamente la tecnología de la televisión no se hubiera desarrollado, en EE.UU hoy habría 10000 homicidios menos, 70000 violaciones menos y 700000 asaltos menos” (Fund. TV). 

Reflexiones finales

La televisión es un medio violento. En forma y sustancia. Sus contenidos –o mensaje- exponen un modelo de conducta social de alto contenido violento y disruptivo, y su mecanismo de imagen modifica el estado del cuerpo y de la mente. Cada contenido televisivo multiplica su impacto a través de una tecnología que atraviesa nuestra conciencia.

Debido a su grado de vinculación social la televisión detenta un protagonismo en la configuración de la realidad en el actual Mundo Mediático. Esta hegemonía, más su forma de procesamiento de la información, convierten a la televisión en uno de los agentes sociales más influyentes. Parte de este razonamiento es la concordancia que existe entre ciertos efectos atribuidos a la televisión y características sociales contemporáneas como el consumismo, la deficiencia académica, la drogadicción y la violencia.

El dossier científico sobre los efectos de la televisión es abundante. Desde 1952 (de los registros de la epilepsia televisiva) hasta la fecha se publican estudios sobre algún problema de salud asociado a la televisión. En los Archivos de Pediatría y Medicina Adolescente de la Asociación Médica Americana (http://archpedi.ama-assn.org) el lector podrá encontrar un fondo de más de 200 estudios de libre acceso que analizan la vinculación entre la televisión y problemas como la violencia, conductas sexuales, obesidad, afecciones psicológicas, problemas de aprendizaje, consumo de sustancias adictivas, etc.

La programación televisiva es diversa en géneros y contenidos, lo que puede alimentar cierta ambigüedad en torno a su consideración social. Dentro de la programación pueden encontrarse productos audiovisuales de carácter cultural y educativo, más frecuentes en la señal de pago que en la señal abierta. A pesar que estos contenidos no son privilegiados en presencia ni en preferencia cabe responder la siguiente pregunta: ¿la televisión puede educar?

Desde un punto de vista particular esto es falso. La televisión no puede educar si se considera responsablemente la idea de Educación. Se ha puesto en evidencia que la televisión no cumple con propiedades educativas y, por el contrario, genera efectos severamente opuestos al normal desarrollo mental y corporal. Con ciertos contenidos televisivos se puede aprender, explorar; pero a costa de una tecnología que causa desequilibrios en nuestro interior.

La Educación es altamente contrapuesta por la televisión. La Educación tiene por objetivo potenciar las capacidades humanas, desarrollando todos los tipos de inteligencia, y facultar el aprendizaje de las diversas ramas del conocimiento. La televisión, por el contrario, perjudica el desarrollo cerebral cognitivo y las capacidades de aprendizaje.

La Educación promueve el pensamiento crítico y reflexivo en el marco del respeto y la diversidad; como también fomenta el desarrollo de la conciencia  y la comprensión del individuo y los demás en las instituciones, la naturaleza y el Universo. La televisión, por el contrario, promueve la creación de un Pensamiento Único, de carácter unidireccional, acrítico, irreflexivo y, por esencia, excluyente; al contrario de la Educación este medio promueve una visión sesgada de la realidad, confusa y, en última instancia, virtual y no real; rasgos que se evidencian en el tratamiento de temáticas sensibles como la guerra, frente a la cual este medio promueve una desensibilización.

La Educación cobija en su esencia la enseñanza de valores. La televisión, en cambio, destaca por los antivalores de su mensaje; el consumismo, el sexo frívolo y la violencia son ejemplos de los mensajes que sobresalen en el sistema de creencias de la televisión.

La Educación tiene por objetivo preparar al individuo para su desenvolvimiento pleno en la sociedad, con autonomía y autodeterminación. La televisión, por el contrario, fomenta el aislamiento, el individualismo y la dependencia hacia la pantalla, como también la futura dependencia hacia otros elementos asociados a efectos sedantes, evasivos y de placer instantáneo, como las drogas.

La Educación abre oportunidades. La televisión las cierra, debido a que es un marcador de clase. Los estudios realizados permiten afirmar que la televisión es determinante en el éxito académico y profesional del futuro. Los niños asiduos a la televisión poseen un futuro muy diferente al de aquéllos que no son víctimas de este medio y que desarrollan normalmente sus capacidades mentales y físicas a través de la lectura, el arte, el cine, la ciencia, las convivencias, la naturaleza, el deporte, etc.

Para muchos padres la televisión no constituye un medio saludable para el desarrollo de sus hijos. Muchas familias han decidido erradicar del hogar el televisor, otras alejar a los niños de él. En Francia, por ejemplo, el 5% de los hogares ha decidido prescindir por completo de la televisión (Ramonet, 2005); en otros países y en Chile estas medidas también han comenzado a adoptarse por algunas familias.

Desde 1994 en países como EE.UU., Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Gran Bretaña, Francia y Argentina se organiza la Semana Sin Televisión. Se celebra la última semana de Abril de cada año y tiene por objetivo fomentar una reflexión sobre el papel de este medio en la vida de cada persona. Durante una semana completa sin encender el televisor se pretenden reevaluar aspectos como la relación con los demás, consigo mismo, el uso del tiempo y otras situaciones diversas.

Un motivo fundamental que impulsa la televisión es la publicidad comercial, y el motivo de ésta es la creación del deseo de consumo. Las campañas publicitarias no se miden exclusivamente por el aumento sustancial en la transacción comercial del producto que publicitan, sino también por el impacto que produce sobre la población la transmisión de una creencia que permanezca en el tiempo (Le Monde Diplomatique; Et al, 2004). Cada anuncio comercial televisivo transmite un mensaje común: la realización personal a través del consumo. Una imagen televisiva pretende convencer sobre un producto, pero en escala planetaria el conjunto de estos mensajes comerciales transmiten la creencia generalizada del consumo masivo, como sinónimo de felicidad y plenitud.

Esta creencia es severamente perjudicial para la conservación del medio ambiente: la televisión estimula un consumo insostenible para el planeta. Junto con el gasto energético y la producción frenética que implica el consumo vertiginoso se erosionan los recursos naturales, se propaga la desertización y se atenta contra la biodiversidad y sus relaciones de equilibrio; la masiva producción de desechos y gases contaminantes en escala planetaria, atenta contra la atmósfera, el suelo y los océanos, que son el hábitat y sustento de personas, animales y plantas.

La televisión se encuentra en el centro de la Crisis Eco Social. Es una fuente axial en el incentivo de círculos viciosos que comprometen la salud de los individuos y del medio ambiente. La solución a los círculos viciosos son círculos virtuosos, que cada ciudadano puede integrar. Por ejemplo, reflexionando sobre la información entregada; difundiéndola, en caso que se considere de justo conocimiento; y compartiéndola con los suyos, de manera que, en base a vuestros criterios y decisiones personales, se puedan tomar medidas encaminadas a la protección de usted y su familia. Sobre todo de los más pequeños.

 

Bibliografía y Fuentes

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