La Nación Domingo 15 de diciembre de 2002
La historia no contada de la prensa chilena en democracia. Cómo algunos medios se salvaron de la quiebra y otros fueron asesinados económicamente. Quienes ganaron y quienes perdieron en esta guerra invisible tras el control de la información.
Ken Dermota es un desconocido en Chile. Hasta hoy, al menos, sólo algunas decenas de alumnos de las universidades de Chile y Diego Portales -entre otros pocos- deben saber que este periodista, cientista político y profesor visitante, un estadounidense que estuvo en el país becado por el International Center for Journalists (ICFJ) y por la Fundación Knight, comenzó su estada de un año con una idea en mente y la terminó con 424 páginas impresas.
No es cualquier libro. Se llama “Chile inédito. La prensa chilena bajo democracia” y como mínimo, causará polémica, porque explora temas conflictivos, que todavía siguen debajo de la alfombra en Chile: el modo en que economistas y empresarios cercanos a la dictadura tomaron el control de los principales medios de prensa en Chile, la forma y los montos a través de los cuales el Estado “salvó” de la quiebra a El Mercurio o La Tercera en los ’80 y las razones por las que, más tarde, la Concertación “dejó morir” a los medios opositores a Pinochet, entre otros malolientes asuntos.
Todos dardos directos a la línea de flotación de nuestra flaca y angosta transición. Todas respuestas precisas y detalladas para explicar por qué, como dice Dermota en sus hipótesis iniciales, “prácticamente no hay opiniones divergentes acerca del estado de la economía; ningún periódico hace un seguimiento analítico de los controvertidos sistemas de salud y de pensión; los indígenas, los trabajadores y los pobres, si es que llegan a ser retratados por los medios, lo son como populacho; los programas de televisión parecen haber sido censurados por El Vaticano y las noticias carecen de análisis especializados, foros abiertos, interpretación y comentario”. Duro, muy duro.
Aquí sólo unos pequeños extractos del libro de Ediciones B.
Banco del Estado-Copesa y Mercurio
Proteger a Chile de la democracia demandaría considerable esfuerzo al Banco del Estado, que en 1988 aún era acreedor por decenas de millones de dólares de la cadena de periódicos EMSAP (El Mercurio) y de Copesa (Consorcio Periodístico de Chile S.A), y poseía 700 mil acciones de una empresa holding de Copesa. El Banco había tomado las deudas como un favor a partidarios del régimen en tiempos de necesidad. Pero el favor venía amarrado: Pinochet podía exigir el pago de toda la deuda en cualquier momento. Así se aseguraba que los diarios no se alejarían de la línea del gobierno. Todo bien mientras no hubo cambio de gobierno.
Hacia 1989, la concertación de partidos democráticos por el No tenía todas las de ganar frente al candidato de la derecha en las próximas elecciones. Al controlar el gobierno, la coalición democrática tendría potestad sobre el Banco del Estado, y al controlar a éste tendría en su poder el destino de los dos conglomerados periodísticos más grandes del país. Esta idea trastornaba a muchos colaboradores de Pinochet. “Actuaron como si estuvieran viniendo los comunistas”, recuerda Andrés Sanfuentes, el primer presidente del Banco del Estado pos Pinochet. El trabajo de mantener estos medios fuera del alcance de las autoridades electas recayó en Álvaro Bardón, editorialista de antes del ‘73 y de hoy en El Mercurio.
Si Bardón no hubiese montado esta conspiración, el gobierno de la Concertación habría podido controlar la deuda de los dos periódicos de mayor circulación, una cadena de 18 diarios regionales, la principal revista semanal y su gran tajada de ingresos por avisaje, y el periódico que fija la agenda nacional, El Mercurio. Para evitar esta catástrofe para la derecha, Bardón ideó una serie de swaps de deuda. El Banco del Estado canjearía las deudas de los periódicos por otros portafolios de deuda que estaban en poder de bancos del sector privado, dejando las deudas fuera del alcance de la Concertación. “Si no, la izquierda habría tenido un monopolio sobre la prensa”, señala Bardón, una década después del hecho.
(…) Bardón esperó hasta el 27 de diciembre de 1989 para iniciar sus movidas, cerrando su último negocio el 9 de marzo de 1990, tan sólo dos días antes del traspaso del mando a Patricio Aylwin. Entre tanta prisa, Bardón aceptó hasta cajas de manzanas como garantía.
(…) Cuando la Concertación, ya en el poder, nombró su propio presidente del Banco del Estado, Bardón fue acusado de fraude agravado y estuvo detenido durante un mes mientras esperaba el juicio y el Banco del Estado reunía pruebas. Las acusaciones pesaban sobre varios banqueros y oficiales del Ejército. Algunos fueron arrestados, pero ninguno fue sentenciado, a pesar de un expediente de pruebas de 40 centímetros de grosor.
(…) Bardón junto a su equipo planificó entonces permutas de deudas entre el Banco del Estado y dos bancos privados, el Banco de Chile y el Sud Americano (BSA) y, en canjes terciarios, incluyó también al Banco Osorno (BO) y a la empresa CFI con sede en
Estados Unidos. Pero, ¿qué ganaban los bancos privados? (…) Los bancos privados actuaron de tres maneras distintas:
1. El consultor del Banco del Estado, Juan Germain, sobreestimó el valor de las deudas de que se hizo cargo el Banco del Estado.
2. Germain subestimó el valor de las deudas que entregó el Banco del Estado. Al hacer esto de manera sistemática con las deudas de El Mercurio y Copesa, el balance del Banco del Estado fue “maquillado”, aparentando que los portafolios de permutas de deudas salientes y entrantes eran de valor equivalente.
3. Muchos negocios secretos permitieron a los bancos privados desviar sus deudas de poco valor comercial hacia el Banco del Estado.
(…) Los dueños de los bancos privados recibieron, además, otros beneficios: los préstamos que el Banco Osorno recibió del Banco del Estado eran para Malán, una de las empresas holding de Copesa. Los principales accionistas del Banco Osorno en 1989 eran Carlos Abumohor y Álvaro Saieh, que compraron Copesa. El resultado de este triple canje: los propietarios de Copesa se las arreglaron para comprar gran parte de su deuda con 50 por ciento de descuento.
(…) Andrés Sanfuentes estimó en 1990 que la “piñata” de Bardón costó al Banco del Estado 26 millones de dólares. Con la ventaja de una década de distancia, Sanfuentes señala que las pérdidas del Banco son realmente mayores, ya que varias compañías cuya deuda recibió ahora valen mucho menos.
(…) Pero la generosidad del régimen militar con El Mercurio y Copesa no termina aquí: el Banco del Estado compró por adelantado el espacio publicitario para la década siguiente. El 1 de diciembre de 1989, el Banco compró 223.307 cm/columna de espacio en El Mercurio,
descontando inmediatamente 1,8 millones de dólares de las deudas del diario. La Tercera, propiedad de Copesa, consiguió un trato aún mejor, al vender 82.500 cm/columna -con un descuento tacaño según las prácticas establecidas entre publicistas de un 30 por ciento por el volumen- a cambio de 1,6 millones de dólares a cuenta de su deuda.
(…) Ninguna de estas actividades aparece en la memoria del Banco del Estado de 1989. En un intento por mantener todo tapado, Bardón aparentemente suprimió lo referente a estos negocios del borrador. Los investigadores presentaron una versión del informe que había pasado por el escritorio de Bardón. Toda referencia a los canjes de deuda había sido tachada con una gran “X”. En el margen, una nota escrita a mano, decía: “No tiene sentido. Hay que eliminarla. Está conversado con el Super de Bancos”. Aunque descabellada, la declaración igual surtió efecto. El 11 de diciembre de 1991 Bardón fue puesto en libertad y fueron revocadas las órdenes de detención contra las autoridades del Banco del Estado.
Muerte de publicaciones de izquierda y censura en democracia
(…) Los años posteriores al gobierno de Pinochet no sólo vieron morir el periodismo de centroizquierda, sino el periodismo audaz en general. Los mecenas de las publicaciones opositoras “desaparecidas”, esperaban que sus periodistas tuvieran una postura democrática enérgica. Cuando llegó la democracia, la Concertación esperó que la “prensa de oposición” ya no estuviera en la oposición. Ser inquisitivos y preguntar lo que no se debe en épocas electorales de pronto se consideró inaceptable, por miedo a que se derrumbara la nueva democracia.
(…) Una vez elegidos, los políticos volvieron a adoptar su herencia común, a veces de modo molesto. Cuando el Presidente Aylwin sufrió una hemorragia nasal espontánea durante un foro empresarial, las oficinas ejecutivas de La Moneda hicieron todo lo posible por evitar que se publicaran las fotografías. El gobierno de Eduardo Frei (1995-2000) amonestó a El Metropolitano por escribir la palabra “presidente” sin “P” mayúscula.35 Este tipo de minucias no serían dignas de mención si detrás no se escondiera el mesianismo, la realpolitik y la vieja práctica política.
(…) La ex periodista de TVN Patricia Verdugo recuerda haber vivido momentos difíciles cuando intentó poner en el aire un reportaje acerca de la tortura policíaca, a pesar de que los informes de derechos humanos internacionales señalaban que bajo democracia todavía se usaban algunas prácticas de la dictadura. Verdugo buscó víctimas que relataron sus casos ante la cámara. Su reportaje incluía una entrevista con el jefe de la policía en cuestión, que prometió llegar al fondo del asunto y, de hecho, adoptó algunas medidas.
Sin embargo, Verdugo recibió una ronda de telefonazos desde La Moneda y otras oficinas de gobierno después de que se transmitió la historia. “La prensa –dice la periodista- fue libre para denunciar el uso de tortura antes del ’73, pero ahora, no”.
(…) Si la Concertación era sólo la encargada de hacer cumplir el acuerdo, ¿no ha ido demasiado lejos? Los periodistas, el público y la democracia misma son los perdedores por estas restricciones a la libre expresión; quienes salen airosos son los que están en el poder. Los políticos redactaron las leyes que restringen la libertad de expresión mucho antes de Pinochet. Y el Congreso mantenía esta arma en poder de los políticos durante los primeros diez años de democracia.
(…) Álvaro Bardón argumenta que el libre mercado debe regular todo, desde el medio ambiente hasta las drogas ilícitas. Pero el libre mercado no opera en el mercado de ideas. Los asuntos económicos y de gobierno deben quedar, según Bardón, en manos de expertos: “La gente no sabe. Y cuando la gente no sabe, no puede criticar”.
Grupos de poder y miopía informativa
“El duopolio periodístico está controlado por la misma gente que apoyó y acalló a los críticos durante la crisis económica de 1981-1982. Este grupo, con la misma filosofía gremialista-Chicago boy, tiene enormes inversiones en los sistemas de pensión y salud privados de Chile, la industria forestal y bienes raíces, mientras al mismo tiempo utiliza sus propiedades mediáticas para evitar el apropiado debate público acerca de temas relacionados con industrias como el medio ambiente, las leyes sindicales y los pueblos nativos. La concentración de los medios se incrementa en combinación con la concentración de la riqueza y la influencia de los poderes fácticos.
La propiedad de los medios de prensa por parte de la elite promueve sus mezquinos intereses y aísla a la oligarquía, los Chicago boys y sus políticas del escrutinio que pudiera estorbar su expansión económica. Tal vez ya sea demasiado tarde. “¿El Fin del Modelo Chileno?” fue un artículo destacado en la portada de la revista de negocios Dow Jones Latin America, publicada en Santiago, por América Economía, cuando Chile entraba a la actual recesión económica. No obstante, esta interrogante no ha sido articulada en la prensa chilena. La parcialidad y el ocultamiento de información potencialmente dañina para sus intereses inmediatos por parte de la elite chilena, está en abierta contraposición con el modelo económico neoliberal, el cual extrema la necesidad para que se liberen los mercados y exista la mayor transparencia posible. El control de la información económica beneficia a los que ya están en el poder y crea monopolios. En conjunto con la rígida estructura social de Chile, estas restricciones para el ascenso social y la iniciativa individual exacerban las divisiones entre clases y etnias en la sociedad chilena.
Los amigos se defienden
(…) Los “Cinco Pilares” de la “nueva institucionalidad” de Chile (La Constitución de 1980, la educación privada, las Isapres, las AFP y la propiedad privada) sitúan el control de estas funciones críticas de lleno en el sector privado (con la sola excepción de la propiedad privada, los otros “pilares” son inventos de los gremialistas). Los Chicago boys y los gremialistas no sólo controlan estas instituciones a través de la propiedad, sino que además la información que el público lee, ve y escucha acerca de ellos.
El presidente de la Asociación de AFP es Guillermo Arthur, ex ministro del Trabajo y Previsión Social bajo el gobierno de Pinochet, y además una de las pocas fuentes que El Mercurio cita acerca de las AFP. El vicepresidente de la Asociación de Isapres es Fernando
Léniz, ex director de El Mercurio y ex ministro de Economía de la dictadura.
Los puntos de vista acerca de la economía chilena son filtrados mediante el duopolio Chicago boy-UDI gremialista de la prensa. El hombre que publica las recomendaciones de economía y negocios es Edwards, que ostenta el que probablemente sea el hombre de
negocios fracasado más espectacular de la historia de Chile: logró reducir un imperio familiar a una deuda de 100 millones de dólares. Edwards fracasó de un modo estruendoso a pesar del acceso privilegiado que tuvo a Pinochet y todas sus autoridades políticas. La ineptitud de Edwards es comparable con la del Chicago boy Javier
Vial, y ambos pronto pueden ser acompañados por el también Chicago boy Sergio de Castro, cuyo imperio empresarial tambalea en la actualidad.
El duopolio de la prensa defiende a sus semejantes, como José Yuraszeck, Miguel Ángel Poduje y Álvaro Saieh, supuestos partidarios del “capitalismo de libre mercado”, ninguno de los cuales se enriqueció sin ayuda del Estado: Vial se benefició de las relajadas regulaciones bancarias; Saieh y Jorge Ross construyeron su fortuna sobre la base de la compraventa de deuda del Capítulo XIX; De Castro participó en concesiones otorgadas por el gobierno; Poduje pide acceder a contratos para construir viviendas sociales subsidiadas por el gobierno en La Tercera; y Yuraszeck “privatizó” Chilectra.
El Mercurio creció rápidamente durante lo que ha sido prácticamente un monopolio sobre la libertad de prensa, protegido por el gobierno. “El Mercurio nunca fue una empresa de libre mercado”, según Vial. “Ellos siempre tuvieron un monopolio y trataron de ser el único
periódico”.
(…) La derecha ha dado grandes pasos, beneficiándose de la dictadura, para dejar en su lugar una “nueva institucionalidad” que asegure la continuidad de su ideología después de la transición a la democracia electoral -dejando las cosas bien atadas- como intentaron los fascistas españoles. Los gremialistas han impedido el reclamo sistemático de los ciudadanos por sus derechos democráticos y humanos, lo cual originó un “destape” en España y Argentina.
La Concertación ha hecho poco por terminar con la “democracia protegida y autoritaria” y revivir una democracia de verdad participativa. En este desequilibrio han colaborado los tres gobiernos de la Concertación, que no han sido capaces de mover la balanza hacia el pluralismo en los medios (no “dentro”, ni “entre”). Los proyectos de largo plazo, como el establecimiento de nuevos medios periodísticos, son difíciles para una coalición que ha debido luchar para mantener su poder.
(…) Como señala Felipe Portales, la Concertación está preocupada de que hacer política en Chile tenga apariencia de normalidad, como si la constitución antidemocrática, el duopolio periodístico, la renuencia de las Fuerzas Armadas a someterse al poder civil, la censura y los irresueltos casos de violaciones a los derechos humanos fueran asuntos normales en una democracia.
La Concertación ha rechazado la participación ciudadana. Portales asevera que el presidente Frei se negó a reunirse con familiares de los “desaparecidos” hasta finales de su quinto año de gobierno. La resultante política elitista, de negociaciones a puertas cerradas, permitió que la derecha no democrática consolidara su control sobre
amplias áreas de la sociedad, la economía y la prensa durante la pasada década de democracia electoral. Los políticos de la Concertación no han superado su propia desconfianza que tienen de la prensa, tan antigua como Chile mismo.
La red universitaria
“Los militares buscaron controlar las universidades que consideraban que podrían representar una amenaza para el régimen. Los rectores fueron reemplazados por generales de las FF.AA. Esto encajó con el llamado de los gremialistas para despolitizar las universidades.
(…)Mientras el futuro inversionista de Copesa Sergio de Castro era ministro de Hacienda, rebajó bruscamente el presupuesto de las instituciones de educación superior en un 43,3 por ciento, y bajaría un 33 por ciento más en 1983.21 Las universidades públicas se vieron
forzadas, desde 1981, a buscar fuentes alternativas de financiamiento. Las matrículas y aranceles de las universidades públicas subieron en un 25 por ciento, dejando fuera a los estudiantes más pobres, que generalmente eran los más radicales en términos políticos.
El Chicago boy Álvaro Saieh fue nombrado vicerrector de la Universidad de Chile en 1980. Desde ese puesto, Saieh separó a los campus regionales de la Casa Central de la Universidad, en Santiago, con ayuda de Jorge Selume, futuro socio de Saieh en el Banco
Osorno. El intento de ambos personeros por subdividir la Casa Central en pequeñas instituciones fue impedido por el rector de la “U”, general Alejandro Medina Lois.
(Tras la aprobación de la Ley de Universidades Privadas y del surgimiento de varias de ellas) “…De Castro y Saieh decidieron invertir juntos en Copesa. Los colaboradores de El Mercurio Bardón, De Castro y Léniz, comenzaron a dar clases en la UFT. El miembro del Consejo Editorial de El Mercurio, Álvaro Bardón, aprobó un préstamo de un millón de dólares mientras era presidente del Banco del Estado.
Debilitada la Universidad de Chile, Saieh fundó otra universidad privada, Andrés Bello. Actualmente es la más grande de las universidades privadas, con 12 mil estudiantes, de los cuales mil son alumnos de periodismo.
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